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Estaba en la estación
Sannomiya, lado playa, de los ferrocarriles nacionales, el cuerpo hecho un ovillo,
recostado en una columna de hormigón desnuda, desprovista de azulejos, sentado
en el suelo, las piernas extendidas; aunque el sol le había requemado la piel,
aunque no se había lavado en un mes, las mejillas demacradas de Seita se
hundían en la palidez; al caer la noche contemplaba las siluetas de unos
hombres que maldecían a voz en grito-¿imprecaciones de almas
embrutecidas?-mientras atizaban el fuego de las hogueras como bandoleros; por
la mañana distinguía, entre los niños que se dirigían a la escuela como si
nada hubiera sucedido, los furoshiki[1] de
color blanco y caqui del Instituto Primero de Kobe, las carteras colgadas a la
espalda del Instituto Municipal, los cuellos de las chaquetas marineras sobre
pantalones bombachos de la Primera Escuela Provincial de Shôin, situada en la
parte alta de la ciudad; entre la multitud de piernas que pasaban
incesantemente junto a él, algunos, al percibir un hedor extraño -¡mejor si no
se hubieran dado cuenta!-, bajaban la mirada y esquivaban de un salto,
atolondrados, a Seita, que ya ni siquiera se sentía con fuerzas para
arrastrarse hasta las letrinas que estaban frente a él.
Los niños vagabundos
se arracimaban junto a las gruesas columnas de tres shaku[2] de ancho, sentados uno bajo cada una de ellas como si buscaran la
protección de una madre; que se hubieran apiñado en la estación, ¿se debía,
quizá, a que no tenían acceso a ningún otro lugar?, ¿a que añoraban el gentío
que la abarrotaba siempre?, ¿a que allí podían beber agua?, ¿o, quizá, a la
esperanza de una limosna caprichosa?; el mercado negro, bajo el puente del ferrocarril
de Sannomiya, empezó justo entrar septiembre con bidones de agua, a cincuenta sen[3] el vaso, en los que habían diluido azúcar quemado, e inmediatamente pasó a
ofrecer batatas cocidas al vapor, bolas de harina de batata hervida, pastas, bolas
de arroz, arroz frito, sopa de judías rojas, bollos rellenos de pasta de judía
roja endulzada, fideos, arroz hervido con fritura y arroz con curry, y también
pasteles, arroz, trigo, azúcar, frituras, latas de carne de ternera, latas de
leche y de pescado, aguardiente, whisky, peras, pomelos, botas de goma,
cámaras de aire para bicicletas, cerillas, tabaco, calcetines, mantas del
ejército, uniformes y botas militares, botas de cuero... «¡Por diez yenes! ¡Por
diez yenes!»: alguien ofrecía una fiambrera de aluminio llena de trigo hervido
que había hecho preparar aquella misma mañana a su mujer; otro iba diciendo:
«¡Por veinte yenes!, ¿qué tal? ¡Por veinte yenes!», mientras sostenía entre
los dedos de una mano unos zapatos destrozados que había llevado puestos hasta
unos minutos antes; Seita, que había entrado perdido, sin rumbo, atraído
simplemente por el olor a comida, vendió algunas prendas de su madre muerta a
un vendedor de ropa usada que comerciaba sentado sobre una estera de paja: un nagajuban, un obi, un han´eri y un koshihimo[4] descoloridos tras haberse empapado de agua en el fondo de una trinchera; así,
Seita pudo subsistir, mal que bien, quince días más; a continuación se
desprendió del uniforme de rayón del instituto, de las polainas y de unos
zapatos y, mientras dudaba sobre si acabar vendiendo incluso los pantalones,
adquirió la costumbre de pasar la noche en la estación; y después: un niño,
acompañado de su familia, que debía volver del lugar donde se había refugiado -llevaba
la capucha de protección antiaérea cuidadosamente doblada sobre una bolsa de
lona y acarreaba sobre sus espaldas, colgados de la mochila, una olla, una tetera
y un casco-, le dio, como quien se deshace de un engorro, unas bolas de salvado
de arroz medio podridas que debían haber preparado para comer en el tren; o
bien, la compasión de unos soldados desmovilizados, o la piedad de alguna
anciana que debía tener nietos de la edad de Seita, quienes, en ambos casos,
depositaban en el suelo con reverencia, a cierta distancia, como si hicieran
una ofrenda ante la imagen de Buda, mendrugos de pan o paquetitos
cuidadosamente envueltos de granos de soja tostada que Seita recogía
agradecido; los empleados de la estación habían intentado echarlo alguna que otra
vez, pero los policías militares que hacían guardia a la entrada de los andenes
lo defendían a bofetadas; ya que en la estación, al menos, había agua en
abundancia, decidió echar raíces en ella y, dos semanas después, ya no podía
levantarse.
Una terrible diarrea
no lo abandonaba y se sucedían sus idas y venidas a las letrinas de la
estación; una vez en cuclillas, al intentar ponerse en pie, sentía que sus
piernas vacilaban, se incorporaba apretando su cuerpo contra una puerta cuyo
tirador había sido arrancado, y avanzaba apoyándose con una mano en la pared;
parecía, cada vez más, un balón deshinchado y, poco después, recostado en la columna,
fue ya incapaz de ponerse en pie, pero la diarrea lo seguía atacando
implacablemente y en un instante teñía de amarillo la superficie alrededor de
su trasero; Seita, aturdido, se sentía morir de vergüenza y, como su cuerpo
inerte era incapaz de emprender la huida, intentaba al menos ocultar aquel
tinte, arañaba con ambas manos la escasa arena y el polvo del suelo para
cubrirlo con ello, pero apenas lograba cubrir una parte insignificante; a los
ojos de cualquiera debía parecer que un pequeño vagabundo enloquecido por el
hambre estuviera jugueteando con la mierda que se había hecho encima.
Ya no tenía hambre, ni
sed, la cabeza le caía pesadamente sobre el pecho, «¡Puaff! ¡Qué asco!», «Debe
de estar muerto», «¡Qué vergüenza que estén ésos en la estación! Ahora que
dicen que está a punto de entrar el ejército americano»: sólo vivían sus oídos,
distinguía los diversos sonidos que lo envolvían; de noche, cuando todo
enmudecía de súbito: el eco de unas geta[5] que
andaban por el recinto de la estación, el estruendo de los trenes que circulaban
sobre su cabeza, pasos que echaban a correr de repente, la voz de un niño: «Mamaaa...»,
el murmullo de un hombre que hablaba entre dientes cerca de él, el estrépito
de los cubos de agua arrojados violentamente por los empleados de la estación,
«¿A qué día debemos estar hoy? ¿A qué día? ¿Cuánto tiempo debo llevar aquí?»,
en instantes de lucidez veía ante sus ojos el suelo de hormigón sin comprender
que se había derrumbado sobre su costado, el cuerpo doblado en dos, en la misma
postura que tenía cuando estaba sentado; y mirando absorto cómo la tenue capa
de polvo del suelo temblaba al compás de su débil respiración, con un único
pensamiento: «¿A qué día debemos estar hoy? ¿A qué día debemos estar hoy?»,
Seita murió.
En la madrugada del
veintiuno de septiembre del año veinte de Shôwa,[6] un día después de que se aprobara la Ley General de Protección a los Huérfanos
de Guerra, el empleado de la estación que inspeccionaba medrosamente las ropas
infestadas de piojos de Seita descubrió bajo la faja una latita de caramelos e
intentó abrirla, pero, tal vez por estar oxidada, la tapa no cedió: «¿Qué es
eso?», «¡Déjalo ya! ¡Tira esa porquería!», «Este tampoco durará mucho. Cuando
te miran con esos ojos vacíos, ya no hay nada que hacer...», dijo uno de ellos,
observando el rostro cabizbajo de otro niño vagabundo, más pequeño aún que
Seita, sentado junto al cadáver que, antes de que vinieran a recogerlo del
ayuntamiento, seguía sin cubrirlo ni una estera de paja; cuando agitó la
latita como si no supiera qué hacer con ella, sonó un clic-clic, y el empleado,
con un impulso de béisbol, la arrojó entre las ruinas calcinadas de delante
de la estación, a un rincón oscuro donde ya había crecido la hierba espesa del
verano; al caer, la tapa se desprendió, se esparció un polvillo blanco y tres
pequeños trozos de hueso rodaron por el suelo espantando a veinte o treinta
luciérnagas diseminadas por la hierba que echaron a volar precipitadamente en
todas direcciones, entre parpadeos de luz, apaciguándose al instante.
Aquellos huesos
blancos eran de la hermana pequeña de Seita, Setsuko, que había muerto el
veintidós de agosto en una cueva de Manchitani, Nishinomiya; la enfermedad
que la condujo a la muerte era llamada enteritis aguda; en realidad, incapaz a
sus cuatro años de sostenerse en pie y rendida por la somnolencia, la muerte le
llegó, como a su hermano, por una debilidad extrema debida al hambre...