El
viejo caminaba grave junto a su bicicleta. Esquivaba en lo que podía las
piedras, y cuando se topaba con demasiadas, trababa el pedal contra la vereda y
se tomaba unos minutos para despejar el camino. Había llevado su pequeño teatro
de imágenes por media ciudad, pero no había logrado vender casi ninguna
golosina. Los cartones desteñidos ya no atraían a los niños. Pensaba en cambiar
pronto de historia, pues le parecía que aquella en particular ya había sido
contada demasiadas veces.
Al
doblar la esquina se encontró con una gran montaña de ladrillos y madera. Los
escombros cubrían todo el ancho de la calle y se adentraban en los solares
ahora derruidos. Por inercia, por costumbre tal vez, siguió caminando hasta el
pie de la montaña y, aunque sabía que debía volver sobre sus pasos, observó exhausto
a ambos lados para ver si podía rodearla.
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| Bombas sobre Tokyo |
A su
derecha, no muy lejos, le pareció ver una cabecita negra sobre las piedras. Se
estiró sobre la punta de sus pies y estiró el pescuezo para mirar mejor. Dejó
su bicicleta y su pequeño teatro y se acercó tratando de no hacer ruido.
En
efecto, un niño pequeño se encontraba sentado sobre lo que parecía haber sido
una gruesa pared. Tenía junto a él un balde lleno de guijarros y pequeños
pedazos de concreto. Golpeaba repetidamente el piso con una larga ramita de
bambú sin hojas. Se acercó unos pasos hasta que fue imposible que el niño no lo
hubiera notado. Carraspeó. Lo observó con detenimiento. A pesar del frío, llevaba
un yukata[1] gastado
de algodón azul, una prenda demasiado grande para él.
- Buenas tardes – saludó el viejo.
El
niño entornó los ojos sin levantar la cabeza.
- Se está haciendo de noche – sentenció el viejo dando un
largo vistazo alrededor. - ¿Estás solo?
Pero
nadie respondió.
- Este no es lugar para un niño. ¿Dónde están tus padres?
El
pequeño contestó con un ligero movimiento del hombro.
- En el refugio, supongo. Allí vivimos ahora.
- ¿Y qué haces tú aquí? ¿Necesitas ayuda para llegar a ese
refugio?
- No, yo no me puedo ir.
El
viejo sorprendido intentaba encontrar la mirada del niño para ver si así lograba
comprenderlo mejor, pero éste la tenía clavada en el piso.
- Debo trabajar – agregó el pequeño al cabo de un rato.
- Oh, ¿trabajas? Hubiera pensado que eras muy pequeño para
trabajar.
- ¡Yo no soy pequeño! Tengo ocho.
- Oh, claro, disculpa a este viejo tan tonto que ya tiene
ochenta y olvidó lo que es ser un niño.
El
viejo sacó un cigarrillo torcido de la manga de su kimono y lo encendió. Luego
de dos largas pitadas se lo ofreció al niño.
- ¿Quieres terminarlo?
- Claro – se apresuró el pequeño, y por primera vez dejó de
golpear con su ramita de bambú.
- ¿Y de qué trabajas? ¿Se puede saber? – sintió curiosidad
el viejo.
- Cuido.
- ¿Cuidas los escombros? – dijo el viejo divertido.
El
niño dio una pitada para ayudarse a absorber las lágrimas.
- Cuido a mi hermanito.
- ¿A tu hermanito? – interrogó el viejo lanzando miradas en
todas direcciones.
- Sí, a mi hermanito – dijo el pequeño exhalando humo entre
los dientes de leche. Y ante el silencio y desconcierto del viejo agregó:
- Esta era mi casa. Cuando sonó la alarma, todos salimos
corriendo hacia el refugio y yo me olvidé de mi hermanito.
El
silencio del viejo inundó el aire, que se volvió pesado. El niño prosiguió:
- Lo cuido de las ratas. No voy a permitir que las ratas se
lo lleven.
Y
diciendo esto tomó un pedacito de ladrillo del balde y lo lanzó con destreza
hacia el vidrio de una ventana, que sonó roto.
El
viejo deseó no haber preguntado, y deseó no haber usado aquel tono burlón. Quiso
decir algo, pero no supo bien qué, así que calló. Se sentó junto al niño un
momento, pero se puso de pie enseguida. Después de un rato, el viejo metió la
mano en su bolsa.
- ¿Sabes qué tengo aquí?
El
niño negó con un solo movimiento de cabeza. Entonces el viejo sacó sus hyoshigi[2] y los hizo retumbar
en aquel callejón.
- Atraen a los vivos y espantan a los espíritus – dijo. –
También tengo golosinas. Se las vendo a los niños que quieren
escuchar mis historias. ¿Hace cuánto que no pruebas una?
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| Hyoshigi |
El
pequeño se acomodó en su lugar, interesado.
- Pero a ti te las voy a regalar, si es que me crees lo que
te voy a decir.
E hizo una pausa para darle suspenso a sus palabras. Luego sentenció:
- De noche las ratas duermen.
- ¿En serio? – preguntó rápido el niño.
- Claro, claro, estoy seguro. De noche las ratas duermen.
Así que tú también deberías dormir.
- Yo… no lo sabía.
- Puedes irte tranquilo a descansar con tu familia. Mañana
volverás a primera hora a seguir cuidando.
El
viejo sacó un puñado de golosinas de su bolsa y las depositó en las manitos
cóncavas del niño.
- ¿Ves? Ya bajó el sol. Tu hermanito está seguro ahora.
El
niño agradeció al viejo por las golosinas, trepó corriendo la montaña de
escombros y se perdió de vista. El viejo volvió a su bicicleta, y retomó su
camino por donde había llegado.
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| Artista de kamishibai |
[2] Generalmente, dos pedazos de madera unidos por una cuerda que los
cuentistas de kamishibai utilizaban para anunciar su llegada.
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