Seda: Argentina y el resto de
Latinoamérica se consideran hijas de la madre patria española, pero también de
otros países europeos como Italia, Francia, etc. ¿Somos también descendientes
de Asia en alguna medida?
Zátonyi: Sin dudas tenemos
una herencia cultural asiática no reconocida. El mayor préstamo viene dado por
la lengua. Si seguimos nuestro árbol genealógico lingüístico, de las ramas
hacia sus raíces, nos encontraremos con el idioma de los Vedas, el sánscrito. El
castellano, derivado del latín, es una especie de sobrino del sánscrito, la
lengua más cercana a la matriz indoeuropea. Eso significa que los orígenes de nuestra
manera de pensar (el hombre es ser del lenguaje, dirían Heidegger o Lacán) están
formateados en Asia. Si miráramos detrás de nuestro cerebro, de nuestro
procesador, leeríamos “Made in Asia”. No hay pensamiento sin lenguaje. Nuestro
ser habitante del lenguaje, es descendiente del tronco lingüístico indoeuropeo,
como el griego, el céltico, el sánscrito, entre varios otros. Ese elemento nos
toma, nos configura, nos esculpe de manera definitiva.
Con ello surge
la creación artística, y allí los nexos son infinitos. El monumento máximo de
la cristiandad, la catedral, debe sus vitrales y el manejo de la luz (con todo
su simbolismo implícito) a la técnica de cloissonné que los godos
introdujeron en Europa desde el Lejano Oriente. Carlomagno tuvo talleres en los
que desarrolló esta técnica de joyería asiática, que articulaba vidrios de diferentes
colores a través de filetes de bronce. Yo estuve en China, en una fábrica de cloissonné y quedé realmente maravillada; ese es el origen del vitreaux, lo encontremos en
gigantescas catedrales o en pequeñas lámparas Tifanny.
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| Vitral de la Catedral de la Ciudad de La Plata, Argentina |
También desde
Asia oriental, gracias a los micénicos, ingresó en Europa la planta megarónica,
una distribución espacial de la casa en base a un patio, circundado por un
deambulatorio lindero a las habitaciones. De España a nosotros el concepto nos
llegó a través de la arquitectura colonial, pasando luego a las “casas chorizo”
y actualmente a los llamados P.H.
Podemos
incluso no hablar de Latinoamérica toda, sino centrarnos en nuestro país, en su
mismísimo corazón que es Buenos Aires, y levantar la vista para encontrarnos
con cúpulas como la de la Rotonda en el barrio de Belgrano, la del Congreso de
la Nación, o las tantísimas de la calle 25 de Mayo. Estas guardan orígenes
lejanos en los stupas budistas. Los túmulos sepulcrales de Asia Central
y Meridional, que inicialmente fueron montículos de piedras con forma
semiesférica.
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| Cúpula del Congreso de la Nación Argentina. Stupa de Sanchi, India. |
Aquí
heredamos la literatura europea, sus fuentes son dos: lo helénico junto a lo romano
y el gran imaginario asiático llegado por intermedio de los bárbaros. Las
fábulas, las novelas góticas, el mito artúrico, el amado libro de Borges, Las
Mil y Una Noche, todo ello llega desde Oriente. La lista es interminable.
Seda: Si afirmamos que Asia es la cuna de
las grandes religiones, que esa fue su respuesta a lo incognocible, la herencia
conceptual asiática que nos llega a través de la religión, del cristianismo,
debe ser también fuerte…
Zátonyi: Algunas veces, en
mis clases, al hablar de cristianismo, cometo la injusticia de decir “como
ustedes saben…”. Y digo injusticia porque la nueva generación no recibió
enseñanza religiosa. Sea por positivismo o por “progre”, se eliminó el estudio
del cristianismo de sus programas. Es un terrible error porque se trata nada
menos que de 1300 años de historia, de nuestra historia.
Más que un
error: me parece una necedad. Se cuenta la anécdota de Martín Heidegger que,
caminando con un amigo ingresa a una iglesia y se persigna con el agua bendita
de la pila bautismal. El amigo le pregunta por qué lo hacía, dado que él no era
religioso. Y el filósofo le contesta: “Donde hay tanta fe hay dios”.
Seda: ¡Maravilloso! Nosotros conocemos una
anécdota similar. Un hombre no religioso solía conversar sobre cristianismo con
un profesor de teología. Un día, leyendo el diario, este hombre se abruma por
una catástrofe que había dejado a muchas personas sin vida y a otras al borde
de la muerte. Entonces le pide al teólogo: “Vos que sos creyente, rezá por esta
gente”.
Zátonyi: Es eso. Es lo mismo. Es un no-negarse.
Una apertura a lo misterioso. Miren, una vez contraje paludismo en Guatemala.
Ya estando aquí, estaba muy grave, estaba muriéndome. Y viene una amiga mía
cuya madre es muy religiosa y me dice “mi mamá me manda a decir que está
rezando mucho por vos”. Y yo sentí que eso me hacía muy bien, quería que siga
rezando por mí. Que alguien le pida a lo sobrenatural por uno es fantástico. Yo
no soy religiosa, pero no puedo negar Aquello. Cuando se dice que “no existe
nada”, me suena algo vacio y necio. Declararse ateo suena vano y nimio. Prefiero
reconocerme como agnóstica, quien dudo, quien tiene incertidumbre, pero quien
no cierra sus puertas a la maravilla. Otra vez Heidegger: “Sobre esta tierra y
bajo este cielo” hay tantas preguntas a las cuales no podemos contestar. Decir
que “no” es dar una respuesta, es cerrarse.
Pero
volviendo a la influencia asiática a través de la religión, por supuesto sabemos
que, estrictamente, el cristianismo se origina en Asia. Pero aún cuando
consideremos al Cercano Oriente como Occidente, en relación con Lejano Oriente,
podemos afirmar que ciertas connotaciones lo ligan curiosamente con conceptos aún
más orientales. Así por ejemplo, la virginidad de María, puede explicarse según
la noción india de la transmigración del alma. Las religiones pre-arias
concibieron la siguiente idea: cuando uno muere, el cuerpo se incinera, con eso
se disuelve, pero el alma abandona el cuerpo y se retira al bosque. Allí espera
el paso de una mujer, vieja o doncella, para ingresar en su cuerpo. La mujer
queda embarazada y el alma de esta manera reencarna en un nuevo ser.
No es de
extrañar que haya sido justamente la virginidad de María, un dogma que el
judaísmo nunca aceptó. El judaísmo fue menos permeable a ideas foráneas. No
fue una religión evangelizadora; desde sus conflictos con Roma, por ejemplo,
requirió además el nacimiento por vientre judío. Tampoco tenía soteriología. En
la película La Última Tentación de Cristo se muestra a miles de personas
deambulando sin proyección alguna, que encuentran un destino digno siendo
bautizadas por San Juan el Bautista. Para esta gente, la vida postmortem que
comienza a profesar el cristianismo, la Buena Nueva, debe haber sido una respuesta.
Y era una solución sobre todo para los que más sufrían, para los marginados. La
literatura romana, principalmente del siglo III habla con mucho odio y
desprecio sobre el cristianismo. Los cristianos, mayoritariamente, devinieron
de las masa de los excluidos. Y los excluidos nunca son bonitos, sino feos,
sucios y malos (como reza el título de la película de Ettore Scola). En un
imperio, como el romano, los “feos” (es decir los excluidos, los pobres, los
marginados, los esclavos), rápida y masivamente se debieron identificar con
esta nueva fe. Además era fácil de entender, pues personalizaba el dios
abstracto judío. La humanización cristiana de Dios es una configuración del
imaginario. Yo tengo una formación católica fuerte, histórica, europea, que me
llega en gran parte a través de la iconografía. Yo cierro los ojos y veo, convoco,
sin esfuerzo, a Cristo.
Uno más
despojado y otro más personalizado, el judaísmo y el cristianismo fueron
necesidades históricas. No hay forma más dura de religión que la exigencia de
la Ley de Moisés, pero para mí es el héroe sociocultural por antonomasia. Hay
un cuento de Thomas Mann, Las tablas de la Ley, en donde cuenta cómo logra
sacar Moisés a su pueblo de Egipto y guiarlo por el desierto, liberándolo de una
situación de permanente carencia, de total esclavitud. Moisés, angustiado por
tamaña tarea, se dirige a Dios y le pregunta “¿Cómo voy a hacer gente decente
de esta chusma?”. Y Dios le contesta –citándolo de memoria, así lo cuenta más o
menos Thomas Mann- “A vos te gusta esta tarea así que no te quejes y haz bien
tu trabajo. De todas maneras te voy a ayudar: te dictaré las leyes que debes
imponer.” Son estas leyes religiosas las que transforman a la sociedad, las que
crean mundo a partir del caos, las que dan orden en medio de lo baldío. Y el
fundador, llámese Buda, Mahoma, Moisés, Cristo o quien fuera, es adorable por
ello. Yo les digo gracias. Sin su aporte seríamos simples bestias. Con las
tablas, Moisés crea humanidad, y luego, con el tiempo, esa humanización está
lista para perder rigidez, para volverse más amorosa, para pensar en la
posibilidad de salvación, para animarse a perdonar al prójimo. Eso lo aporta el
cristianismo.
Seda: ¿Admira el monoteísmo?
Zátonyi: Es admirable realmente, en virtud
de su gran abstracción. Claro, a mayor abstracción menor capacidad de
asimilación. ¿Por qué fracasa el budismo primigenio, original, en India? ¿Por
qué, como dijimos, surge la personalización divina del cristianismo a partir
del despojado dios judaico? ¿Por qué, Amenofis IV, el primer monoteísta, no
logró apoyo en su revolucionaria concepción religiosa y tras su muerte el
pueblo egipcio retornó a la diversificación de dioses? Si le decimos a un niño “mirá,
vos tenés ochenta moneditas de 1 centavo, te las cambio por una de 1 peso, que tiene
más valor”. El niño no entenderá, se aferrará a la multiplicidad.
Ahora bien,
entre el monoteísmo y el politeísmo, entre Occidente y Oriente (aunque sabemos
que seguimos hablando siempre de Asia), hay una figura sobre la que no ha
recaído la atención tanto como debiera, quien es Zoroastra. Excepción hecha de
Nietzche, no hubo un gran acercamiento a la religión zoroastriana. Y ella fue
el puente, el nexo geográfico y conceptual entre India y el Cercano Oriente. También
lo fue en sentido temporal, pues Zoroastra es posterior al vedismo, pero
anterior a Cristo y a Mahoma. Se supone incluso que Platón, recibió, a través
del zoroastrismo ideas de fuentes budistas y brahmánicas (algo que no podría yo
afirmar, pues para ser categórica hay que poner una vida, y yo tengo esta
sola).
El Islam se
sirvió mucho de ella, sea directamente -en materia de conceptos e iconografía-,
sea a través de Platón. El aporte del Islam en materia de sincretización de
influencias de fuentes diversas merecería un capítulo aparte. Fue realmente una
creación brillante. El mundo actual, por razones políticas y económicas nos lo
muestra como una cultura lejana, pero está totalmente enraizada en nosotros.
Los nexos del Islam con el judeocristianismo son enormes. Somos realmente
hermanos, cada uno con sus particularidades, sus grandezas y sus miserias. En
su libro Hijos de nuestro barrio, Nayib Mahfuz explica los grandes valores,
aportes, fallas y carencias de cada una de las Tres Religiones Del Libro, el
judaísmo, el cristianismo y el Islam. También sus interdependencias.
Recuerdo
que luego de septiembre de 2001 salió aquí y allá el tema de la “guerra de las
religiones”, lo cual atestigua una pobreza mental y cultural, pues siempre se trató
de una guerra de intereses económicos y políticos. Me guardé una Babelia (un suplemento
del diario El País) inmediatamente posterior a la caída de las torres, dedicada
a la cultura islámica. Es muy interesante porque este diario desde dónde se
edita, es el de la España que votaba por Aznar.
Seda: Y que lo hubiera vuelto a votar,
precisamente por intereses económicos, si no sucedía el atentado de Atocha. España
apoyaba, de manera explícita a la Guerra contra Irak (yo siempre me pregunto
cómo es que luego salían los españoles a decir que era una injusticia lo que
les sucedía. Ciertamente era terrible, pero ellos no eran inocentes).
Zátonyi: Exacto. Pero
aquel suplemento no se dirigía al pueblo sino a una elite, a los intelectuales,
y ellos defendían el Islam (claro que marcando la diferenciación entre política
árabe, y cultura islámica). Había artículos muy bellos. Recuerdo que uno de los
artículos preguntaba “¿qué sería de España, de su lengua, de su arquitectura, de
su cromaticidad, de su comida, de su ciencia, sin el Islam?”. Yo tengo mucha
adoración por aquella cultura. Me siento hermanada a ella. Así que no me exijan,
señores del epicentro mundial, que el Islam sea mi enemigo. No lo es.
Seda: En su libro Arte y Creación habla del epicentro. En nuestro lenguaje está implícito la idea eurocentrista.
Hablamos de Oriente Cercano, Medio y Lejano respecto de ese axis mundi.
Pero ¿qué pasa con la relación entre zonas que son hermanas en razón de su
realidad periférica? ¿Por qué no existe una fuerte interconexión entre ellas?
¿Porqué Asia y Latinoamérica no tienen lazos más estrechos?
Zátonyi: Bueno, ahí entran a
jugar las leyes de la dinámica entre el epicentro y la periferia. La periferia
no mira a la periferia, sino al centro. El epicentro lo es, entre otras
razones, porque la periferia lo constituye como tal. Hay que mirar desde la
periferia hacia el epicentro para que esta relación tenga validez. Obviamente
hay leyes económicas y militares, pero también hay un reconocimiento. Yo nunca
escuché a alguien que viniera y me dijera, “¡Tanto me gusta la cultura ugandesa!”,
la húngara, ni siquiera la finesa. Todos quieren ir Paris, estudiar francés, aprender
literatura inglesa o norteamericana –desde cuando Estados Unidos se constituye
en epicentro-. Entonces, si a fulano se lo reconoce como importante, pasa a la
historia como tal. Se trata de la construcción del otro a través de mi mirada.
El gran
renovador es quien puede romper éste paradigma. Y es posible hacerlo. Hay
muchos ejemplos. Yo manejo, por supuesto, más temáticas relativas a Argentina y
América latina, que a Asia. Sin embargo me trasladé de periferia a periferia,
de Hungría (Europa periférica) a Argentina. Tengo experiencias de las
diversidades de la periferia y estas me dicen que cuando desde afuera dejamos
de mirar al centro, cuando nos miramos el ombligo, sin que ello signifique
despreciar la importancia del cordón umbilical, surge una nueva vida, algo
singular. El mismo epicentro lo nota, si es que a su vez, este deja de mirarse
a sí mismo.
Por
ejemplo, en literatura universal (lo que nosotros reconocemos como tal, porque
yo pasé mi vida leyendo, pero no puedo decir que conozco ciertas literaturas
como, por ejemplo, la china o la india), después de la Segunda Guerra Mundial hubo
una “mesetación” de la literatura epicéntrica, llámese europea y
norteamericana. Luego, en los 50´s, surge la gran literatura latinoamericana.
El epicentro la llamó “realismo mágico”, y muchos aquí adhirieron a esa
categorización. Cuando yo fui a doctorarme a Paris en 1963, me dieron una lista
de autores de lectura obligatoria. No había ni una sola obra latinoamericana.
No apareció en la lista ni Alejo Carpentier, ni Jorge Luis Borges, ni ningún
otro de esta región del planeta. Mucho después, a principios de los 90´s fui a
dar una conferencia, y pedí por esta lista. Estaba repleta de escritores
latinoamericanos: Borges, Carpentier, Cortázar, etc. Con la mayoría estaba de
acuerdo y con otros no, pero me pregunté ¿qué pasó que el epicentro reconoce
hoy, cuando treinta años ha no lo hacía? Y allí entendí la otra ley de la que
hablaba: no es suficiente mirar al otro, sino a sí mismo. Cuando el
latinoamericano mira su mundo, descubre su mundo, valora su mundo, sin perder
de vista al otro –es decir con influencia epicéntrica (¿cómo desligarse de
Cervantes? por ejemplo)-, pero habla sobre sin mismo, entonces se enseñorea,
asume la herencia pero la transforma en algo propio. De esta forma rompe y
renueva el paradigma. Anclados en nuestra singularidad podemos ir transformando
nuestra realidad de periferia, podemos enriquecernos de todo. Como decía Levi
Strauss, podemos ir al encuentro “sin diluirnos en el goce del otro”.
Seda: Un profesor nuestro, decía que “se
es más persona en la medida que uno se relaciona personalmente con el otro”.
Zátonyi: Sí, el encuentro nos constituye.
Por eso la importancia de “no encerrarse en sí mismo y avanzar ejemplarmente
hacia lo que no es” (según palabras de Jacques Derrida). Se da un movimiento de
flujo y reflujo, una suerte de zig-zag en donde salimos de A y vamos al
encuentro con B, pero cuando regresamos ya no somos más A (tampoco B), somos C.
Pero cuando
A es la periferia y B el epicentro, lo más frecuente es que A termine siendo
una burda imitación de B, por lo menos durante un tiempo. Durante mi estadía en
China, fui a visitar la Academia de Pintura en Guilin (la más antigua y
prestigiosa de aquel país). Allí nacieron muchas bellísimas pinturas durante el
siglo XV, con paisajes neblinosos, de mucho misterio. Pasaba de sala a sala,
de exposición en exposición, por los diferentes pabellones. Y entonces llegué a
las pinturas más actuales y me espanté. Me encontré con la plástica moderna
china: imitaciones desastrosas de Cézanne, de Matisse, o de otros grandes
europeos. La pintura china recorrió durante muchos siglos una simbolización de
su realidad, pero ahora intenta copiar al epicentro.
Seguramente
volverán a sus fuentes, o a una reedición de esas influencias en algo propio,
como sucedió con la literatura latinoamericana. Ellos también se tienen que
abastecer del otro, pero no sustituir sus formas.
Lo mismo
experimenté en IMA, en Paris. Vi una gran exposición retrospectiva de plástica
árabe del siglo XX. Era pésima, otra triste imitación de la pintura europea.
Tanto mejor la pintura árabe clásica. No digo que los nuevos pintores árabes
deban trabajar como lo hicieron hace cinco siglos sus antecesores, pero tampoco
se trata de cambiar figuritas como lo hacen los chicos en la escuela.
En Japón
sucede lo mismo en muchas áreas. Les encanta el jazz y el tango, pero no son
buenos ejecutores de estos ritmos. Seguramente con el tiempo lo transformarán
en algo propio y entonces sí brillarán en ello. También en filosofía han
copiado a Occidente. En los años ‘30, después del golpe de Estado fachista y la
invasión de Manchuria, Japón, envía a numerosos alumnos a estudiar a Alemania.
Y así le llegan a Heidegger varios discípulos nipones. Más tarde nacen las
grandes obras de padre de la filosofía moderna japonesa, Keiji Nishitai, y nos
resulta difícil encontrar en sus teorías algo que no tenga sus raíces en el
corpus del filósofo alemán.
A veces la
misma tecnología induce a la forma de su gestor. Yo siempre pensé, por ejemplo,
que Rashomon era la niponidad máxima. Pero en el artículo de Heidegger De un
diálogo acerca del habla entre un Japonés y un Inquiridor, el alumno del
conde Kuki, antiguo discípulo de Heidegger, afirma que toda la técnica del cine
es occidental, y es imposible desligarse de su estética. ¡Y lo demuestra! Es sumamente
interesante.
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| Imagen de la película Rashomon, de Akira Kurosawa. ¿Reflejo de la cultura japonesa u occidental? |
La historia
también marca el universo simbólico inevitablemente. Uno tiene que recorrer
este camino para ser esto que es. No podemos trasladar los avances ajenos, no
se nos encajan correctamente. Podemos sí usarlos para parir formas adaptadas a
nuestra realidad, a nuestra historia. No se trataría ya de un reemplazo, sino
de una recreación.
Seda: Pero para recrearnos, ¿es propicio cortar
los lazos con el mundo? ¿Buscar el silencio? Vivimos en tiempos carentes de
tiempo. Todo es prisa. Lo fugaz es moda. ¿Eso va en desmedro de un
autodescubrimiento, de un pensamiento propio?
Zátonyi: Yo tomaría a la velocidad como una
variable más, en todas sus formas. Aristóteles, Borges y otros dicen que el
tiempo es una construcción humana. Y depende de nuestro formateo paradigmático
la noción del tiempo que tengamos. Hay diferentes formas de vida, y de
construir el tiempo. En lo personal, no me gusta la gran velocidad, el ruido,
pero tampoco me encuentro cómoda en la quietud y en el absoluto silencio. No me
gusta la aglomeración agitada, pero tampoco la soledad; no podría vivir sin
gente, necesito amucharme.
Por otra
parte, con la construcción del tiempo, del ritmo, de la velocidad, también hay
una alternación entre mundos fuertemente icónicos y otros que no se destacan en
la producción y uso de los íconos. Por ejemplo en la Edad Media baja, alrededor
del 1100 d.C., la comunicación era a través de imágenes, no había mucha
lectura. Ahora la gente lee mucho más, y lo que lee no tiene porque ser aquello
lo que leían otras generaciones.
Es verdad
que la Internet trae basura, la literatura también la trajo en otra época.
Cuando una anciana dice “los chicos no leen”, yo me pregunto “¿y vos qué leías?”.
Con frecuencia se habla como si todo el mundo hubiese pasado la vida leyendo a
Kant. No es que hoy los chicos no leen, sino que leen otra cosa. Siempre
tomamos el paradigma de este lugar y este presente como el único posible sistema
de valor. Y, si es muy difícil salir de eso y mirar un poco hacia fuera para
reconocer el paradigma del otro, sus costumbres y formas de ser, es casi
imposible hacer eso en el tiempo. Es muy fácil enjuiciar, condenar o rechazar el
sistema axiológico de otros tiempos, pero es infinitamente difícil reconocerlo
y entenderlo.
Hay varios
tipos de velocidad, y muchas entre ellas son fascinantes. Hace poco, me
preguntaron qué renovación tecnológica me gustaría vivir. Hay una, totalmente
fantasiosa, que me resulta particularmente simpática: la teletransportación. Pensarlo
y ya estar en India, en Turquía, en Italia... Bueno, históricamente lo más
cercano a la teletransportación ha sido la literatura. Luego se sumó el cine, y
finalmente, la Internet.
Freud dice
que “el hombre es un Dios con prótesis”. Y ciertamente Internet nos acerca
mucho más que antes a algo que se parece a la omnipresencia y la omnisciencia
divinas.
No critico
la velocidad actual. Muchos miran al pasado con nostalgia y se aferran a él.
Cuando entro a esos edificios de la capital de los años ‘60 que se construyeron
a todo vapor pero que jamás se renovaron, no me da añoranzas, al contrario: ¡salgo
despavorida ante la contemplación de esa decadencia, de esa dejadez! Si no nos
actualizamos, si no nos realimentamos con nuevas costumbres y olas cognitivas, y
con eso nos atenemos a una languidez polvorienta, perdemos la posibilidad de
vivir realmente el presente. Y eso, por lo menos a mi, me asusta. Pues para que
la maleza no nos cubra debemos cortar el césped con cierta periodicidad.
Seda: Nasrudín, el famoso personaje de
los cuentos sufíes, decía que “jamás llegará a hervir el agua de una olla
calentada por una vela”.
Zátonyi: Así es. Se necesita mayor
intensidad, mayor ardor.
Seda: Hablamos de los tiempos modernos, de
la velocidad, de las nuevas técnicas. ¿las manifestaciones culturales actuales
pueden catalogarse de artísticas?
Zátonyi: Hay que resignificar la palabra
arte. Aceptar por ejemplo que el diseño gráfico es arte, lo mismo que el cine. En
la Escuela Internacional del Cine, de San Antonio de los Baños, enseño Estética
de la Imagen. Incluyo no sólo los géneros modernos como cine, fotografía, TV o
digital sino también los tradicionales como por ejemplo, pintura, grabados, vitreaux,
diseño gráfico, títeres. Cada época tiene su propia construcción de la imagen,
su herramienta para comunicarse a través de las imágenes, construir y vivir su imaginario.
El hombre se psicotiza sin imaginario. Pero lógicamente lo que era válido en el
1900 puede ser inválido hoy. Actualmente no existe ningún Van Gogh, es verdad.
El paradigma anterior, los valores que se inculcaban en mi generación pueden no
tener espejo. La pintura, tal vez, está “frizzerizada”, no hay vanguardia, no
hay renovación importante o quiebre paradigmático. Pero a mi no me inquieta
ello, por varias razones.
Primero,
porque tenemos varios productos, estimulados y posibilitados por la tecnología:
la fotografía, el cine, el diseño, etc.
Después,
porque resulta posible el conocimiento de otras culturas, de sus creaciones. Un
ejemplo que se me ocurre es el tatuaje. A mi no me agradaba mucho, pero luego
conocí los tatuajes de Japón y de Nueva Zelanda y me parecieron bellísimos. En
ellos descubrí el tatuaje como arte. Claro que este contacto con culturas
diferentes todavía no se da de forma masiva. Desde nuestra periferia, como
dijimos, solemos mirar sólo al epicentro. De repente nos llega, gracias también
a los medios, un Orhan Pamuk, pero ¿por qué lo leemos?, porque es muy
occidentalizado. Si tuviéramos que leer literatura originalmente turca, no sé
si tendría gran éxito. Lo mismo con la literatura japonesa que está tan de moda:
el éxito viene a partir de la influencia rusa, sobre todo de Fedor Dostoievsky.
Pero ¿conocemos la literatura samurái de siglo XII o de las épocas anteriores?
Apenas, quizás el Libro de la Almohada.
Hay un
avance hacia lo Otro y eso es posible también porque hay nueva tecnología. El Otro
es el Otro lejano en el espacio, en el tiempo, en lo tecnológico. También en lo
referente a clase social. No hablo sobre folklore porque es un término muy
gastado, pero existe un arte de los excluidos –aunque el término suene muy
politizado-, un arte no elitista, que no se halla en la clase dominante o en la
clase media. El jazz fue arte de los excluidos, de la gente de color. Fue
prohibido en Europa, sobre todo durante el nazismo. El tango y el bolero, era
música despreciada, de prostíbulo. Hoy son grandes géneros, mundialmente
reconocidos. El arte epicéntrico también debe mirar a lo periférico para
renovarse. Como cuando, decíamos, la literatura europea y norteamericana,
pusieron sus ojos en Latinoamérica. El arte se muere si no se abastece de estas
cuatro fuentes: del otro lejano, histórico, tecnológico y periférico.
Seda: Asia es nuestro otro en muchos de
esos sentidos. Pero ante su vastedad ¿puede verse, de alguna manera, como un
único otro?, ¿pueden desprenderse ciertas características comunes a todo su
territorio?, ¿a todas sus culturas?
Zátonyi: No, es imposible.
Si quisiéramos extraer visos de homogeneidad, patrones de conducta,
necesitaremos dividirla, mínimamente, en regiones, en religiones, en razas (no
soy partidaria del término, pero no puedo evitar su uso). Recordemos siempre
que “lo asiático” es siempre una categorización arbitraria, “Asia dividida por
los Urales”, es parte de esta “geografía del amo” (diciendo con Hegel), que a
mi me choca tanto como la imposición de la Historia del Arte, ya anticuada en
su linealidad.
Ciertamente
me animaría a decir, y aún así entre comillas, que tal vez sea América latina quien
dispone de la extensión de territorio más amplia perteneciente
mayoritariamente a una misma madre cultural. Pero Asia es mucho más diversa. Para
un japonés, por ejemplo, el mundo árabe es más lejano que Latinoamérica.
¿Qué es
Occidente y qué es Oriente? No creo que sea incorrecto afirmar que se trata
sólo de una categorización. Que pudo haber servido durante un tiempo, para
generar un orden necesario (básicamente con fines imperialistas), pero ahora ya
está caduca.
¿Nos atraen
las culturas asiáticas? ¿Esos otros lejanos, históricos, tecnológicos,
periféricos? Olvidemos el paradigma Occidente-Oriente. Conozcámonos a nosotros
mismos, sin pensar que inventamos el Mediterráneo. Y salgamos desde allí al
encuentro del Otro, a descubrir diferencias e igualdades, a crear y develar
mutuas influencias. A mi me resulta fantástico comprobar que el Otro nos
influencia, nos afecta, cuando encontramos un devenir, un misterioso movimiento
que nos liga con lo que suponíamos ajeno.
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