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El contador de historias II PDF Imprimir E-Mail


Por Rabih Alameddine

 —Ah, el aroma de sal y arena —comentó Fátima a sus compañeros—. No hay elixir igual en esta bendita tierra.
A lo largo del día nuestros tres viajeros habían llegado a las orillas del Mediterráneo, bañadas por lenguas azules. Aquella noche acamparon en la playa. Pese al descontento de Jayal, después de abrevar, alimentar y limpiar a los animales, Yawad montó su propia tienda. Tras una cena consistente en pan, carne seca y dátiles, Fátima se sirvió una copa de vino.
—¿Empezamos?
—¿Empezar? —se preguntó Jayal—. ¿Os referís a mi seducción? ¿Acaso debo realizarla en público? Preferiría hablar con Yawad a solas. —Inclinó la cabeza—. Soy, sobre todo, un hombre discreto. —Levantó la cabeza y posó la mirada en Yawad, que estaba sentado al lado de Fátima—. Estoy seguro de que apreciarás mi discreción.
Yawad se encogió de hombros.
—La discreción resulta aburrida —dijo Fátima.
—Mi señora —dijo Jayal—, nuestro acuerdo fijaba siete noches para seducir al muchacho, no que dicha seducción se llevara a cabo en público. Eso sería injusto y humillante.
—El amor es injusto y humillante.
Yawad asintió.
—No sé mucho del amor, pero sé que es humillante.
—Debo protestar —dijo Jayal—. El Profeta, que Dios lo bendiga, dijo: «Aquel que se enamora y oculta su pasión es un hombre de provecho».
—Ser aburrido resulta poco atractivo en sí mismo —replicó nuestra heroína—. Ser aburrido y además mentiroso convierte a un hombre en repelente amén de deshonrado. ¿Usas las palabras del Profeta para mentir? Bien podrías quitarte el turbante y afeitarte la barba. El Profeta, que la paz esté con él, dijo: «Aquel que se enamora, oculta su pasión y es casto, muere como un mártir». Si deseas ser un mártir podemos arreglarlo fácilmente, pero me parece que ya es un poco tarde para que ocultes tu pasión.
—Y no creo que su objetivo sea precisamente la castidad —añadió Yawad.
—Las noches del desierto son largas y aburridas —dijo Fátima—. Distráenos o lárgate. Si deseas poseer a este chico, deberás convencerlo.
—Convénceme.
—Conmuévelo.
—Conmuéveme.
—Esperad. —Jayal se puso de pie. La luz del fuego dibujaba sombríos destellos en su larga túnica blanca. Era un hombre ancho de espaldas, con perfil de halcón y gruesas y espesas cejas—. Haré lo que me pedís si no queda más remedio, pero permitidme que intente por última vez convenceros de que la discreción es lo más aconsejable en los lances del corazón. Puedo contaros la historia de Bader, el hijo de Fateh.
—No estoy segura de desear que alguien me convenza. ¿Y tú, querido Yawad?
—Bueno, me gustan las historias.
—Ahí lo tienes. Al chico le gustan las historias. Cuéntanos la historia de Bader.
—Hubo una vez un cordobés de una importante familia que respondía al nombre de Bader ben Fateh. Era un hombre de fe, serio, y un anfitrión amable, educado, un ejemplo de buenas maneras. Me dirigía a Játiva cuando oí hablar de sus hazañas. Al parecer había perdido toda su dignidad al enamorarse de un músico llamado Moktadda. Yo conocía a ese chico y puedo afirmar que no merecía el amor de Bader; no merecía ni el amor de uno de sus esclavos. Bader se gastó una fortuna en este zoquete descastado: le abrió las puertas de su casa y las cerró a sus otros invitados, agasajando al chico con los vinos más caros. Oí que nuestro hombre se había quitado el keffiyeh, desliado el turbante, mostrado su rostro, subido sus mangas.
»Perdió todo sentido del decoro. Cayó víctima de esa bestia voraz, el deseo. Se convirtió en blanco de rumores: su historia se contaba en los harenes y se comentaba en los palacios. Su reputación pasó a ser objeto de chanza. Perdió el estatus, el honor, el respeto.
»El joven músico nunca deseó que sus indiscreciones se hicieran públicas, y la pérdida de estatus social de Bader le restó valor como pareja. El objeto de su pasión huyó de Bader y se negó a volver a verlo.
»Si Bader hubiera valorado la discreción, hubiera ocultado el secreto en los pliegues de su corazón, hubiera sofocado sus deseos, no lo habría perdido todo. Habría conservado la túnica del bienestar, y el atavío de la respetabilidad no se habría roído. Hubiera podido conservar tanto su honor como a su amante de haber optado por unos modos más circunspectos. Permitidme, pues, un enfoque más decoroso.
—El decoro sabe a poco —dijo Fátima.
—Igual que esta historia —dijo Yawad.
—Cierto. Los cuentos didácticos deberían reservarse para niños y piadosos.
—Compadezco a los pobres niños que deban escuchar cuentos así.
—¿Te sientes seducido, mi querido Yawad?
—Me siento adormilado.
—Ah, al menos nos ha ayudado a pasar la noche. Rezo para que mañana disfrutemos de un mejor ejemplo de seducción. Buenas noches a todos.
 
 
 
 
La cara de mi padre contradecía sus palabras. Se le veía pálido, demacrado y viejo… muy viejo. Y delgado. La alianza de boda le bailaba en el dedo como si fuera la anilla de una cortina de ducha. Se había pasado una hora repitiéndonos a Lina y a mí lo bien que se sentía. Se alegraba mucho de que yo hubiera viajado hasta allí para pasar con él el Eid al-Adha, pero insistía en que debíamos celebrarlo en casa. Ya no estaba enfermo. Tenía mejor voz. Se movía con más facilidad. Se reía más. Quería volver a casa.
La luz que alumbraba la habitación era inquietante, levemente asquerosa. Asépticas paredes blancas. Luces de fluorescente. Estábamos a media mañana, pero la cortina amarillenta proyectaba un brillo verde grisáceo. Lina salía al balcón cuando quería fumar, aunque siempre se aseguraba de correr la cortina para que mi padre no la viera y le pidiera un cigarrillo.
—Me encuentro mucho mejor —anunció mi padre—. Me siento fantástico.
Descorrí la cortina para disfrutar de un poco de luz de verdad y abrí la puerta corredera a fin de que entrara un poco de aire. Hacía un tiempo perfecto: dos nubes manchaban la pátina azul celeste, una primavera temprana en febrero. Durante un momento permanecí de espaldas a la habitación, disfrutando de la caricia de la débil brisa en la cara. Por un instante me planteé la posibilidad de volver a la sala de espera a relevar a Fátima y a Salwa, la hija de mi hermana, que estaban atendiendo a las visitas.
—Crees que no sé lo que me digo —prosiguió mi padre—, pero me siento mejor, y no quiero pasar otra noche en este rincón olvidado.
Los chinos dicen que una enfermedad prolongada te convierte en médico. Mi madre solía decir que una enfermedad prolongada te convierte en un cascarrabias. Mi madre era más lista. Me volví y miré hacia la mesita de noche, me aseguré de que su foto enmarcada, tamaño pasaporte, seguía allí, cerca de la cajita de plata que según mi padre le traía buena suerte.
—Esperemos a ver qué dice Chapuzas. —Lina miraba a mi padre con dulzura. Cuando era más joven, mi hermana se parecía a mi madre, pero a medida que fue madurando los rasgos más suaves de mi padre se fueron apoderando de su cara. Lina se aovilló en la butaca y apoyó la espalda, como si imitara una escultura de Henry Moore. Hundió los talones en el revestimiento de plástico de la silla.
—Habla con él, cariño —masculló mi padre. Se aferró a la baranda de la cama y se tumbó de lado para tenerla delante. Se rascó la pequeña protuberancia del pecho donde se hallaban el marcapasos y el desfibrilador. Volví a girarme y contemplé el cielo.
Mi padre podía permitirse la mejor atención médica del mundo. Lina le había llevado al Johns Hopkins, a la Clínica Cleveland, a París, a Londres. Y sin embargo él siempre volvía al mediocre Chapuzas. No se hacía ilusiones a este respecto. Fue mi padre quien le dio el apodo de Chapuzas debido a su eficacia como médico. Pero era el hermano de la tía Nazek, el hermano de la esposa del hermano de mi padre, y eso para mi padre tenía más valor que las credenciales o los avales prestigiosos. En los últimos años se había negado a desplazarse en busca de atención experta y solo se dejaba visitar por su médico de cabecera.
Oí que mi voz decía:
—Y el doctor dijo al pobre padre: «El único modo de sanar a vuestro hijo es arrancarle el corazón».
Sus voces corearon la mía.
—«Porque el malvado yinni ha hecho de él su hogar.»
Mi padre se rió.
—No me hagas esto. —Se llevó la mano al corazón, fingiendo dolor—. A mi malvado yinni no le gusta que le hagan reír.
—¡Sigues siendo un bicho raro! —comentó mi hermana—. ¿Cómo te ha dado por pensar en eso? ¿Cuánto hace que oíste esos versos? ¿Treinta años?
—Más de treinta —dijo mi padre—. Vuestro abuelo murió hace treinta años, y por entonces ya no contaba sus cuentos. Debe de hacer treinta y cinco, tal vez treinta y siete años. —Su respiración se hizo ruidosa—. Dios, Osama, no eras más que un crío.
Lo cierto es que mi abuelo siguió contándome cuentos hasta el día de su muerte. Al fin y al cabo era un contador de historias, en espíritu y profesión. Mi padre intentó muchas veces impedir que siguiera llenándome la cabeza de historias apasionantes pero nunca lo logró.
—¿Qué miras? —me preguntó Lina—. Date la vuelta y haznos caso.
—Mira —dije—. Mira esto. Ha llegado marzo.
El cielo era de un perfecto color aguamarina. Como en la mayoría de ciudades mediterráneas, el final del invierno en Beirut puede traer cielos nublados y tempestuosos, o cielos nítidos impregnados del aroma de la colada tendida al sol.
—Aún estamos en febrero, bobo —dijo Lina—. Esto es pasajero. Las tormentas volverán.
—Una interrupción gloriosa.
Se me acercó.
—Tienes razón. Es magnífico. —Me rodeó con los brazos y noté su peso sobre los hombros.
—Quiero verlo —gimoteó mi padre desde la cama—. Ayudadme a levantarme. Quiero verlo.
Nos dirigimos a la cama, le ayudamos a que se incorporara, a que se volviera y a que se pusiera en pie. Se apoyó en mi hermana, la más alta de los tres. Yo arrastré el dispositivo intravenoso de bolsas flácidas mientras él daba los ocho pasos que le separaban del balcón. Las nalgas parecían moverse y descolgarse un poco más con cada paso. Ya en el balcón, los tres nos alineamos para admirar la falsa primavera y el sol que bañaba el interminable amasijo de tejados.
Mi padre dormitaba en la cama de hospital. Fuera, Lina inhalaba el humo como si cada calada del cigarrillo fuera la última. Fumaba con tanta avidez que el extremo del cigarrillo quedó reducido enseguida a una diminuta ascua roja. Se apoyó en la baranda del balcón y posó la vista en el cielo. Yo miré hacia abajo. En la tercera planta del hospital, donde se hallaban los enfermos menos graves, dos mujeres hablaban en susurros en el balcón, como si fueran dos palomas zureando. Al otro lado de la calle, a lo lejos, se alzaba una casa que mostraba graves señales de envejecimiento. Desde mi perspectiva las persianas parecían podridas.
—Se está muriendo —dijo ella con voz inexpresiva.
Una densa masa de arbustos cubría el jardín de la casa. Había altas matas de cardos silvestres y en algunos se apuntaba el brote de una flor amarilla.
—Todos nos estamos muriendo —dije—. Es solo cuestión de tiempo.
—No me vengas con clichés americanos, por favor. Ahora no estoy de humor. —Negó con la cabeza y por un instante el cabello negro le ocultó la cara—. Se muere. ¿Me has oído?
—Te he oído. —Justo en ese momento un coche hizo sonar el claxon: fue un bocinazo sostenido y persistente. Mi hermana se apresuró a comprobar que la puerta corredera estuviera bien cerrada—. ¿Qué te hace pensar que esta vez será distinto? —pregunté—. Lleva mucho tiempo muriéndose. Siempre sale adelante.
—No se recuperará. Cada vez le cuesta más.
—Lo sé. Pero ¿por qué ahora?
Respiró hondo mientras me miraba a los ojos. Vi cómo su pecho se hinchaba y deshinchaba. Mi hermana era mucho más alta que yo. En altura había salido a mi madre, aunque Lina era aún más alta, más grande. Boucher instruyó a su discípulo Fragonard para que pintara a las mujeres como si no tuvieran huesos. Fragonard podría haber pintado a Lina. Era la antítesis de la línea y del ángulo recto. Grácil, como mi madre.
Por mi parte, yo heredé de mi madre los dientes en lugar de la altura. Ambos teníamos los dos dientes frontales torcidos. Ella nunca se los arregló, porque acentuaban su belleza: el defecto le confería un aire más accesible, más humano, más de Helena que de Afrodita. Y tampoco me arregló los míos, convencida de que en mi caso sucedería lo mismo. Pues no. Claro que, a diferencia de ella, ese no era mi único defecto.
—Chapuzas le da tres meses como mucho —dijo Lina.
—Chapuzas dijo lo mismo hace cuatro años.
—Tendrías que estar a su lado para advertir la diferencia. Esta vez no sobrevivirá, y él lo sabe. —Suspiró y arrojó la colilla por el balcón—. No sé qué hacer.
La casona vieja del otro lado de la calle posiblemente no estuviera abandonada. Junto a la puerta se apilaba una montaña de sillas de plástico. Un cable eléctrico aislado, largo y lacio, robaba energía de los principales cables de la ciudad. Una paloma se apoyó en el cable, que osciló y pareció a punto de partirse. No habían pasado más de dos segundos cuando la paloma emprendió el vuelo.
 
 
 
 
—¿Empezamos? —preguntó Fátima la segunda noche. Bebió un sorbo de vino. Satisfechos, con el estómago lleno, los tres viajeros estaban sentados en torno a la pequeña hoguera.
—Sí —contestó Jayal—. ¿Tal vez a mi amado le apetezca una copa de vino que le ayude a suavizar los ásperos perfiles de la noche?
Fátima enarcó las cejas; con la mirada preguntó a Yawad si estaba interesado en aceptar. Este asintió.
—Una única copa por esta noche —dijo ella—. Hasta que te acostumbres.
Y Jayal levantó su copa.
—Para que mi amado se acostumbre a mucho. —Apuró el vino, chasqueó los labios e hizo una pausa para crear un efecto dramático. Luego, con voz potente, empezó a recitar:
 
Una mujer me regañó una vez
por el amor que yo sentía
hacia un chico que resopla y se pavonea
como un joven toro bravo.
Pero ¿por qué iba yo a surcar el mar
cuando puedo tener un amor sublime en tierra?
¿Por qué ir a por peces, cuando puedo hallar
gacelas libres por todos lados?
Déjame en paz; no me culpes
por escoger en la vida
el camino que tú has rechazado
y que seguiré hasta el día de mi muerte.
¿Acaso ignoras que el Libro Sagrado
sentencia el asunto de una vez por todas?
Preferirás a tus hijos, dice,
antes que a tus hijas.
 
¡Magnífico! —exclamó Fátima, mientras aplaudía con entusiasmo—. Siempre se puede confiar en la genialidad de Abu Nawas para entretenerse. ¿Quién habría pensado que un morador del desierto sabría citar al poeta de la ciudad? Estoy impresionada. ¿No lo estás tú también, mi querido Yawad?
—¿De verdad dice el Libro Sagrado que un hombre debería preferir a sus hijos antes que a sus hijas?
—En asuntos de herencia, hijo mío, pero el poeta se ha tomado algunas libertades. Vamos, trovador. Recítanos más.
 
Ya no deseo surcar el mar,
prefiero cruzar las llanuras
y buscar la comida que envía Dios
a todos los seres vivos.
 
Una delicia —dijo Fátima—. ¡Qué maravilloso y procaz fue ese poeta de Bagdad! Me habría encantado disfrutar de la oportunidad de compartir una botella de vino con Abu Nawas y competir con su ingenio. ¿No te ha parecido una maravilla, Yawad?
—Desde luego que sí —repuso Yawad—. También yo estoy muy impresionado. Mi pretendiente es culto y sensible, pero su poesía solo muestra su preferencia por una determinada clase de amor. El hecho de que le gusten los chicos no le hace más deseable a mis ojos. Solo significa que tiene buen gusto. Su poesía es entretenida, pero no conmueve a este oyente. Esta noche tampoco me siento seducido, sino fatigado.
—Unas palabras ciertas y sabias. Esta noche nos han distraído, pero no seducido. Esperemos que la tentación aumente mañana. Buenas noches a todos.
 
La tercera noche Jayal llenó de vino la copa de Yawad y se puso en pie delante de su público.
—Soy un bajel cargado de arrepentimiento. Perdonadme, os lo ruego. Permitidme que empiece de nuevo.
—No hay nada que perdonar —dijo Yawad.
—Por favor —dijo Fátima—, regálanos otra muestra de seducción. Estamos aquí, cual tierra reseca que aguarda a la tormenta inminente. Mitiga nuestra sed, por favor. Te lo ruego. Empieza.
—Comparezco ante vosotros con toda mi humildad —comenzó Jayal—, un hombre antaño orgulloso y ahora degradado por el amor. —Hundió los hombros—. Tal vez en este momento no parezca gran cosa, pero las apariencias pueden engañar. —Su voz subió de tono—. La cubierta no se corresponde con el contenido del libro.
»En primer lugar soy un guerrero. He luchado en el ejército de Dios. Desde las costas del monte Líbano hasta las colinas de Tierra Santa, cientos de cabezas de infieles han sucumbido a la fuerza de mi espada. He matado a papistas en Occidente, a bizantinos en el norte y a mongoles en el este. Mi lanza no conoció la piedad a la hora de defender nuestras tierras. Soy temido en todos los rincones del mundo. Los europeos invocan mi nombre para atemorizar a los niños. El valor es mi compañero;
el honor monta ante mí y la lealtad a mi lado. Mi espada es rápida, mi lanza certera. Soy la respuesta a las plegarias de cualquier califa.
—Bien dicho —exclamó Fátima—. Se aprecia la influencia de al-Mutanabbi.
—¿Quién es? —preguntó Yawad.
—Te lo contaré dentro de un ratito, querido. Dejemos proseguir a nuestro seductor. Estoy segura de que aún no ha terminado.
—Desde la cima de una colina observé cómo los barcos enemigos anclaban sus naves en nuestras costas. Quedaron empapados por dos veces, primero por nubes trenzadas de blanco que descargaron su agua sobre ellos anunciando mi llegada; luego llovieron cráneos. Cabalgué sobre mi corcel a toda velocidad, vi acercarse al enemigo como si montara sobre caballos cojos. No distinguía sus espadas, porque sus ropas y turbantes estaban hechos de acero. Los ataqué a pesar de que eso implicaba una muerte cierta, como si el infierno fuera el corazón que bombeara mi sangre. Héroes y guerreros cayeron a mis pies mientras yo seguía incólume, con la espada húmeda y desenvainada. Victorioso, me uní a mis hermanos, cuyos rostros resplandecían extasiados, iluminados por sonrisas de alegría. Los extranjeros no tenían experiencia en el color rojo. Yo lo pinté para ellos. Bendita sea la guerra, la gloria y la eminencia. Bendito sea mi público por concederme el honor de presentarme ante él.
—Y bendito seas tú por compartirlo —dijo Fátima.
—Me siento honrado —dijo Yawad— y agradecido de hallarme en tu presencia. Pero dime, ¿quién es este al-Mutanabbi?
Fátima apuró la copa de vino. Mantuvo la cabeza inclinada hacia atrás por un instante. Extendió la copa y Yawad la llenó. Luego recitó:
 
Soy aquel cuyas letras eran vistas por los ciegos
y cuyas palabras eran oídas por los sordos.
 
Se paró, sonrió a Yawad y dio otro sorbo.
—Al-Mutanabbi fue el mayor poeta en lengua árabe, pero, lo que es aún más importante, es mi favorito. Fue dotado con el inquietante don de una imaginación rebosante de asombrosas metáforas. Sufrió mucho en esta vida, ya que nació aquejado de dos graves enfermedades: ser pobre y árabe. Llegó al mundo a principios del siglo X, en Kufa, al sur de Bagdad. Empezó a recitar poesía de exquisita belleza, que nadie había oído antes ni ha vuelto a oír desde entonces. Afirmaba que era el propio Dios quien inspiraba sus poemas. De ahí su nombre, al-Mutanabbi: el que afirma ser profeta.
—Vanidad —dijo Yawad.
—Cierto —convino Fátima—. A los dieciocho años fue encarcelado y torturado por hereje. Cuando quedó en libertad, unos años después, se encontró de nuevo sin dinero, sin poder y sin hogar: el poeta del eterno exilio. Lo único que tenía para vender eran sus palabras, y estaba deseoso de hacerlo. Pero ¿quién querría comprarlas? La mayoría de las ciudades estaban gobernadas no por árabes sino por musulmanes, cuya lengua materna no era el árabe. Dichos príncipes, a quienes él quería alabar, no acababan de comprender sus palabras. Así pues, al-Mutanabbi, lleno de orgullo y de arrogancia, se unió al único gobernante árabe de la zona: Sayl al-Dawlah, el joven príncipe de Alepo, que se estaba labrando una gran reputación por proteger las fronteras del norte frente al malvado imperio bizantino.
»Y al-Mutanabbi luchó al lado del príncipe y lo alabó, inmortalizándole en versos tan elocuentes que se dice que las rosas se marchitaban de vergüenza al no poder competir con su belleza.
»Pero entonces al-Mutanabbi descubrió que tenía un problema. Como tantos príncipes árabes a lo largo de la historia, el joven príncipe se creía también un poeta. Empezó a componer poemas pueriles alabándose a sí mismo y menospreciando a los del gran poeta. Y al-Mutanabbi no podía replicar.
—En eso consiste exactamente ser un criado —apuntó Yawad.
—La situación no mejoró —prosiguió Fátima—. Al-Mutanabbi cambió Alepo por El Cairo y se unió a un gobernante distinto, un rey llamado Kafur. El rey prometió al poeta que le cedería una provincia si cantaba sus hazañas. Pero Kafur no cumplió su promesa. Su visir, un hombre listo que supo reconocer el genio del poeta, advirtió al rey que si se desdecía de su palabra pasaría a la historia como el hazmerreír de los gobernantes. Y se sabe que el rey replicó: «¿Quieres que ceda una provincia a este poeta ávido de poder? Un hombre que presume de que su inspiración proviene del profeta Mahoma, ¿no reclamará un reino cuando falte Kafur?».
»Y al-Mutanabbi abandonó la corte de Kafur y se burló de él, inmortalizándolo en versos tan mordaces que se dice que las serpientes se ocultaban bajo piedras ante el horror de no poder competir con su veneno.
»Deambuló hasta llegar a Shiraz, en Persia, donde se unió a Adud al-Dawlah; pero este gobernante también se mostró incapaz de satisfacer las necesidades del poeta. Así que el poeta intentó volver a Irak, pero fue asaltado y asesinado por unos bandoleros cuando iba de camino. Fue el hombre que en sus inicios dijo:
 
Me conocen los sementales, y la noche, y el desierto,
y la espada, y la lanza, y el papel, y el lápiz.
 
»Pero que antes de su muerte tuvo que decir:
 
No soy más que una flecha, disparada al aire,
que desciende de nuevo, sin dar en el blanco.
 
»Y fue asesinado justo al norte de Bagdad, donde todos los poetas van a morir.
 
 
 

Rabih Alameddine
Sobre el autor:
Rabih Alameddine llegó a América cuando tenía 17 años para estudiar. “En nuestra parte del mundo, existen sólo dos profesiones: ingeniero o doctor”, dice. Abandonó la medicina porque le temblaban las manos. Así que se licenció en Ingeniería en la Universidad de California. Esa tampoco fue una buena elección. “Me encantaban los problemas sobre el papel y era bueno en matemáticas pero, a pesar de ser un ingeniero mecánico, no me interesaba cómo funcionaba un coche.”

Regresó a la universidad para estudiar un MBA: otro error. Cuando ya estaba matriculado de una tercera carrera (Psicología Clínica), empezó a pintar. Realizó 270 retratos de su propia cara, que se expusieron en algunas galerías. Pero Alameddine se dio cuenta de que mucha gente que conocía pintaba mucho mejor que él.

Un día, cuando ya estaba cansado y deprimido, se sentó y empezó a escribir una novela, Koolaids: The art of war, que fue publicada hace diez años. Desde entonces, Alameddine ha publicado otra novela I, the Divine y una recopilación de relatos llamada The Perv. Después de ocho años de intenso trabajo, nos presenta El contador de historias. Sin duda, un gran acierto. 




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