| Mara, Señor de las Pesadillas |
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Por Martín Lo Coco y Darío Durban Se dice de Gautama Siddharta, de la casta de los kshatriya, príncipe de la tribu de los Shakyas, que después de siete años de atormentar su cuerpo con las prácticas ascéticas más extremas, terminó por comprender que no era esa la vía por la que llegaría a la liberación del sufrimiento. Se alejó entonces de los disgustos disciplinarios de la vida anacoreta como antes se había alejado de los placeres sensuales de la vida cortesana, y fortaleció su cuerpo para poder dedicar sus energías a buscar la verdad a través de la meditación. Fue así que sentado en posición padmâsana bajo una higuera de la zona de Bodh Gaya, una noche clara del mes de mayo, Siddharta despertó.
Pero su despertar no fue un proceso simple. Se comenta que Siddharta permaneció en meditación durante cuarenta y cinco días y sus noches. En ningún momento rompió su postura ni su concentración. Semejante esfuerzo llamó la atención de Mara, el Señor de la Ilusión. Se cuenta que Mara, descreyendo de la capacidad humana para liberarse de los lazos de lo ilusorio, atacó al joven príncipe con todas sus huestes.
Pero ¿quién es Mara? Se lo ha llamado con muchos nombres: el Señor de la Muerte, el Dios de la Destrucción, el Rey de la Ilusión. Pero todos esos títulos altisonantes riñen con la simpleza del significado puro de su nombre: destrucción. Este demonio de la tradición budista puede haber tenido su origen en las antiguas religiones que el Buddha vino a reformar, ya que la existencia de un ser responsable de la muerte y el mal es una constante en las tradiciones brahmánicas y no brahmánicas.
Esa noche de luna llena en que Siddharta alcanzó la iluminación, debió de luchar arduamente. Al principio, el demonio se le presentó como Kama, el Deseo, que le envió sus tres hermosas hijas para tentarlo. Siddharta conservó una calma divina. Luego se le acercó como la misma Destrucción, Mara, quien envió sobre el Shakyamuni sus ejércitos de devastación. Pero sus flechas insidiosas se convirtieron en flores que llovieron sobre Siddharta. Finalmente, en un último intento desesperado, se le presentó como Dharma, la Virtud. Como tal, intentó desanimar al futuro Buddha preguntándole qué derecho tenía él a la iluminación. Siddharta respondió que le asistía el derecho por haber practicado las perfecciones durante edades sin tiempo. Mara replicó que también él las había practicado, y que tenía testigos para dar fe del hecho. Sus huestes gritaron al unísono dando testimonio. ¿Quién atestiguaría por él?, quiso saber Mara. Y entonces el Buddha, sin descuidar su padmâsana, estiró una mano y posó dos dedos en el suelo. La misma Tierra, presente desde el principio de los tiempos, apareció en la figura de una hermosa diosa y avaló los méritos del Tathāgata. Siddharta despertó, y tuvo conocimiento directo de Lo Incondicionado. Mara se retiró derrotado.
El relato de lo sucedido ese día, pormenorizado en incontables versiones y detallado en multitud de representaciones pictóricas, íconos, estelas, tankas, así como inmortalizado en templos, stupas y esculturas, nos da una idea del horror del que es capaz este demonio, y de los muchos rostros con los que se presenta. Pero en este artículo quisiéramos dar un paso más y relacionarlo con la experiencia más inmediata del lector a través de un subterfugio idiomático.
Mara es un vocablo pali, idioma en el que fueron canonizados los textos budistas. El pali es una deformación del sánscrito, que pertenece a la familia de lenguas indoeuropeas. En la otra punta del mapa lingüístico indoeuropeo, durante centurias se utilizó una palabra de la misma raíz para designar a una entidad femenina, una especie de demonio que atacaba durante la noche recostándose sobre la persona dormida para robarle el aliento: literalmente, un íncubo. Esta palabra mare se encuentra escrita en inglés por primera vez hacia el año 1300. Cuando la entidad atacaba de noche, se le añadía el prefijo night. Hacia el siglo XVI su significado cambió y pasó a expresar la sensación de sofocación que se producía al ser atacado por una mare. Más adelante, en 1829, nightmarefue utilizado por primera vez de forma escrita con el significado de “un muy mal sueño”, y en 1831 se lo encuentra denotando “una experiencia perturbadora”.
Así que, subterfugio mediante, cada vez que tenemos una pesadilla podemos reconocer un atisbo de la batalla épica que el Buddha debió librar contra el Señor de la Ilusión hace más de 2.500 años. Y cada vez que despertamos de un sueño terrible, podemos experimentar en grado mínimo la paz, seguridad y alegría infinitas que el Shakyamuni debió haber sentido al despertar del sueño del Samsara.
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