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Las fortunas de Shrikantha PDF Imprimir E-Mail


Los cuentos del Siddhi-kur
Trad. Irene Lo Coco

Novena entrega del clásico asiático para niños: las historias del Siddhi-kur (ver partes anteriores en Seda 17 a 24). El Príncipe ha capturado nuevamente a la extraña criatura, a quien debe llevar a los pies del sabio Nagarjuna. Pero no son los vastos territorios que debe atravesar el escollo más importante, sino la condición de realizar la travesía sin pronunciar palabra, so pena de recomenzar la odisea desde cero. El apresado Siddhi-kur conoce tal profecía, y procura utilizarla a su favor, para lograr su liberación. Así, haciendo gala de sus dotes narrativas, interesa al Príncipe con una de sus maravillosas historias, intentando que éste, sin querer, salga de su mutismo para preguntar algo. En el presente viaje, el orador lo sorprende con la historia de Shrikantha, el hijo de un brahmán, cuya compasión lo arrastrará hacia caminos de venturas y desventuras.
 
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Érase una vez un joven, hijo de un brahman, quien no era ni muy pobre ni muy rico, no era muy bueno pero tan poco tan malo, no era muy sabio ni muy tonto, pero tenía el corazón más generoso de todo el mundo.
Su nombre era Shrikantha y vivía en la India hace muchísimo tiempo.
Cuanto tuvo la edad suficiente para hacer lo que quisiera, vendió todo lo que tenía y compró tres piezas de ropa, muy finas y elegantes, con las que pensaba salir a hacer su fortuna. Se despidió de sus padres y se lanzó al camino, hacia una ciudad cercana donde creyó que podría hacer los mejores negocios.
No se había alejado demasiado cuando se encontró con una pandilla de niños crueles que atormentaban a un pequeño ratón.
¡Dejen eso! – les dijo Shrikantha enojado. — ¿No se dan cuenta que el animal está sufriendo y morirá si siguen maltratándolo? ¿Acaso no tiene ni un poco de piedad en sus corazones?
Pero los jóvenes se rieron de sus palabras y siguieron sus juegos.
Viendo que hablarles no era de ninguna ayuda, Shrikantha cambio su estrategia y les ofreció una de sus valiosas piezas de ropa a cambio de la vida del ratón, y la pandilla aceptó gustosa.
Al ver a la pequeña criatura alejarse a salvo, Shrikantha suspiró aliviado y continuó su camino, más pobre que hasta hacía un rato -habiendo perdido un tercio de sus riquezas-, pero con el corazón satisfecho.
Poco más allá, sin embargo, se encontró con otro grupo de jóvenes, esta vez atormentando a un pequeño simio y riendo a costa del sufrimiento de aquel animal. Shrikantha trató de apurar el paso y alejarse de tan horrenda escena, pero lo cierto era que no podía ver sufrir a una criatura y no hacer nada al respecto, de modo que dio la vuelta y se acercó al grupo para tratar de disuadirlos de continuar con aquella crueldad. Tal como en el primer caso, sus palabras fueron en vano, y solo pudo lograr que liberaran al simio dándoles otra de sus delicadas prendas. Y se alejó, más pobre que nunca, con la última pieza de valor que le quedaba.
No importa, -se dijo a sí mismo para levantar los ánimos — aún con esto que me queda puedo hacer grandes negocios y ganar mi fortuna. Al final de cuentas, la mirada agradecida de aquel simio es mucho más valiosa que cualquier mercancía.
Y de ese modo continuó su viaje, con un paso ligero y el corazón alegre, hasta que para su tristeza oyó un grito de dolor y se encontró con otra pandilla, esta vez abusando de un pequeño oso.
 ― ¡Dios mío! ¡Esta vez tengo que endurecer mi corazón y seguir de largo, pues bien se que mis palabras no harán ninguna diferencia y no puedo entregar mi ultima posesión!
Apuró el paso e intentó focalizar su mente en otra cosa, pero entonces el oso gritó de nuevo, más fuerte que la última vez y ya no pudo resistirse.
Dándose se la vuelta se acercó adonde este grupo de jóvenes se hallaba y les hablo largo y con las mas profunda seriedad. Sin embargo, lo mismo que había sucedido en las ocasiones anteriores, sucedió esta vez: Shrikantha gastó sus palabras en vano, y tuvo que hacer entrega de su última prenda para preservar la vida de aquella criatura. Luego retomó su camino, ya con las manos vacías.
Bien podría volver a casa de mi padre, -pensó ― pero me reprenderá por mi tonto corazón generoso. Seguiré mi camino y de seguro, la Señora Fortuna me devolverá lo que he perdido por tan buenas causas.
La fortuna, sin embargo, parecía tener otros planes.
La ruta de la ciudad dirigía a Shrikantha directo hacía las puertas del palacio del Khan, y tan pronto como hubo traspasado el gran portal escuchó gritos y confusión y un hombre que de allí salía con mucha prisa le dijo:
 ― ¡Corre! ¡Corre por tu vida!
Sin pensarlo dos veces Shrikantha hizo lo que se le decía.
Oyó el rugido de muchas voces y las corridas de muchos pies tras él, y corrió como nunca había corrido antes. Apuró aún más su paso pero sus perseguidores pronto se le fueron acercando. Podía escuchar sus voces e improperios, e incluso las respiraciones agitadas, casi en sus espaldas.
¡Ladrón! ¡Detengan al ladrón! ¡Se ha robado las joyas del Khan!
Al escuchar esto, Shrikantha se preocupó aún más, pero en lugar de frenar su corrida y explicar allí mismo que no era el ningún ladrón y que probablemente se tratara del hombre que corría por delante suyo, siguió su estampida tan rápido como le daban sus pies.
Finalmente le faltó el aire luego de semejante carrera, sus rodillas parecían vencerse y cayó al suelo, agotado y lloroso. Al momento los perseguidores estuvieron encima suyo, atándolo con una fuerte cuerda, pateándolo y golpeándolo mientras lo hacían. En vano intentó explicarse, apenas si tenía el aire suficiente como para terminar las oraciones, y los otros estaban muy enojados como para escucharlo. Fue llevado de inmediato a la corte del Khan. Y aunque ninguna joya fue hallada en su poder, y se proclamó inocente de rodillas y amargamente, fue condenado a morir una muerte horrenda.
Por la mañana, dos enormes y temibles hombres, lo metieron dentro de un cajón de madera, sellaron la tapa y lo arrojaron al río. El pobre Shrikantha podía oír el agua golpear contra la madera de aquel espacio tan reducido en el que estaba metido y se sintió vencido como si el aire ya se le hubiese acabado allí dentro. ¡Pero la fortuna tenía otros planes!
Al poco tiempo, el cajón quedó encajado entre medio de un montículo de piedras que se asomaban como una isla por encima del agua. ¿Y quién podría estar allí más que el pequeñísimo ratón que tiempo atrás había salvado de las garras de una pandilla cruel? Viendo aquella gran caja en las orillas de su isla, el ratón fue a investigar y se encontró a su amigo y salvador allí encerrado.
¡Ten coraje! – le dijo con su vocecita tan fina a través de las rajaduras de la madera, y enseguida empezó a roer uno de los vértices.
Cuando el ratoncito hubo abierto un agujero lo suficientemente grande como para que el aire entrara allí donde Shrikantha ya estaba casi desfalleciendo, salió en busca del simio y del oso. Y pronto regresaron los tres juntos, contentos de poder ayudar. Entre todos arrastraron el cajón hacia la costa, forzaron su apertura y liberaron a Shrikantha.
 
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Y por varios días las tres fieles criaturas lo proveyeron con nueces y frutas para recuperarse de aquella odisea.
Hasta que una mañana, el ratoncito se acercó a Shrikantha llevando consigo una pequeña piedra azul.
Ten esto, mi Señor, - le dijo apoyándola en su mano ― es un talismán, mi más preciada posesión, y te la entrego en agradecimiento por lo que tú has hecho por mí en el pasado. Sostén la piedra con fuerza y suspira un deseo, y pronto se hará realidad.
Shrikantha miró la piedrecita con asombro y pensó que nada le costaría probar los supuestos poderes de la piedra, de modo que deseó estar fuera de aquella isla. No había terminado de pensar eso que la isla de desvaneció bajo sus pies y se encontró de pronto en el centro de una pradera. Estaba sorprendido y contento de su suerte y apretando la piedra una vez más deseó un palacio lujoso y grande asentado en un bellísimo parque, con árboles exóticos, aves y flores. Cerró los ojos por tan sólo un segundo y al volver a abrirlos se encontró con un hermoso jardín, y a la distancia un palacio, tal y cual lo había deseado, solo que más bello y grandilocuente.
Con el mayor de los contentos cruzó el jardín hacia su palacio, descubriendo en cada habitación lujos más sorprendentes que en la anterior, sirvientes haciendo reverencia a su paso, y posesiones de gran valor en cada rincón al que mirara.
Sinceramente, creyó que cualquier Khan podría ahora envidiarle.
¡Pero debo traer a mis fieles amigos al palacio, para que disfruten conmigo de esta buena fortuna! –pensó por fin.
Entonces deseó que sus amigos estuvieran allí junto a él, y en un parpadear de ojos allí estaban el ratón, el simio y el oso.
Y así vivía Shrikantha, rodeado de lujos y felicidad, que parecía que nunca se acabarían. ¡Pero la fortuna tenía otros planes!
Llegaron un día al palacio una caravana de mercaderes malignos y ladrones, y el jefe de todos ellos se hizo amigo de Shrikantha, y en una noche oscura lo convenció para que le develara el secreto de su fortuna.
¡Dios mío! –exclamó el mercader cuando supo del talismán azul. ― ¡Que suerte tienen algunos hombres, que grandes desdichas acechan a tantos otros! Mírate nomás, eres tan solo un joven, no has trabajado nunca, ni negociado, ni hecho ninguna gran cosa para ganar semejantes fortunas, y aún así has sido bendecido con un millar de bendiciones, mientras que yo, que me he esforzado toda mi vida, no tengo ni un sola posesión en el mundo más que un puñado de bienes para  administrar con recelo y satisfacer las necesidades básicas de mi vida.
Y con aquella confesión el corazón de Shrikantha se abrió en generosidad.
Si tan solo… -comenzó a decir el malvado mercader, ― pero no, no debo siquiera proponer tal cosa.
¿Proponer qué cosa? - preguntó Shrikantha lleno de compasión.
Si tan solo…, -continuó el otro ― si tan solo tu corazón generoso me prestara el talismán por un momentito, podría desear una cómoda casita, y paz y tranquilidad para el resto de mis días. No perderías tus riquezas sino que de alguna manera las expandirías, ¡gracias a las plegarias y bendiciones de un hombre feliz!
Era algo tan sencillo poder ayudar a aquel pobre hombre que Shrikatha no dudó un segundo y puso la piedra azul en sus manos con confianza.
Con una risa desdeñosa, el mercader gritó su deseó a los cuatro vientos:
­— ¡Deseo todas las posesiones de Shrikantha, y que el regrese al sitio donde estaba antes de haber recibido este talismán!
En un flash Shrikantha se encontró de nuevo en la pequeña isla sobre el río, sin ningún rastro de todas sus riquezas. Se sentó en el suelo y hundió la cabeza en sus dos manos.
¡Que tonto he sido!- se repetía sin cesar.
Sí, has sido un poco crédulo, mi Señor, -dijo una vocecita en su oído, —pero sólo por tu buen corazón.
Mirando alrededor Shrikantha se encontró con su amigo el ratón.
¿Pero que sentido tiene un corazón generoso si por él he de perder todo lo que tengo? –dijo en un suspiro, sin dejarse confortar por las palabras de la criatura.
No lo has perdido todo, -dijo el ratón —pues tienes a tus fieles amigos a quienes has conquistado a través de ese mismo buen corazón del que hablas.
Y sin decir más el ratoncito desapareció, dejando a Shrikantha lamentándose en su sitio.
Sería una historia demasiado larga si contáramos como los tres amigos se encontraron y planearon ir una noche al palacio el malvado mercader, treparon por una ventana hacia el pasillo que llevaba a su habitación, y el oso y el simio esperaron conteniendo la respiración mientras el ratón se adentraba por la cerradura y le robaba el talismán que el durmiente guardaba sobre su pecho.
No tuvieron ningún problema en sortear a los guardias, que estaban alerta a los hombres que pudieran robar el tesoro, pero no a los animales. Cuando llegaron al río, sin embargo, se encontraron ante un inconveniente: ni el simio ni el ratón sabían nadar, de modo que el primero saltó al lomo del oso llevando el talismán en su boca y ayudó a su pequeño amigo a subir también. Pero sucedió que estando a mitad de camino, un pez pasó nadando veloz casi enfrente de la nariz del oso, quien tentado se hundió para agarrarlo. El simio perdió entonces el equilibrio y gritó de miedo, y en aquel grito el talismán que llevaba en la boca salió volando y se hundió en las profundidades del río, mientras los tres amigos lo venían desaparecer consternados.
¡Que día tan nefasto!, -sollozó el ratón, — ¡hemos invertido tanto tiempo en este proyecto y ahora ya no queda nada! ¡Y nuestro amigo que está en la isla morirá de tristeza y hambre! ¿Qué podemos hacer? ¿Qué cosa queda por hacer?
El oso nadó de nuevo hacia la costa y allí se sentaron los tres amigos desconsolados.
¡Que tonto has sido al ir detrás de aquel pez! –le dijo el mono al oso muy enojado.
¡Que tonto has sido tú al abrir la boca y dejar caer el talismán! – le contestó el oso.
No perdamos el tiempo culpándonos los unos a los otros, -dijo concienzudamente el ratón. —No importa de quien fue la culpa, la cuestión es que el talismán se ha perdido y tenemos que recuperarlo. Hay que enfocar el pensamiento en eso.
¡¿Recuperarlo?! –dijo el oso más furioso que antes — ¡Me pregunto cómo piensas que podemos lograr eso! ¡Se ha hundido en el fondo del río gracias al descuido del simio y no podremos recuperarlo nunca! Yo creo que es mejor volver a nuestros hogares. Ya hemos hecho más que suficiente para pagarle a este hombre sus buenas acciones.
Sí, vámonos a casa. –coincidió el simio. —No tiene sentido seguir intentando ir al río si el oso va a perder el foco cada vez que se le cruce un pez por las narices, sin importar cuán grande sea la misión. Ya hemos hecho suficiente por este hombre.
¡No hablen de esa manera! – les imploró el ratón. —Los dos saben tan bien como yo que nunca podremos terminar de pagarle por habernos salvado la vida. ¡Vamos, que tenemos que planear una solución!
Y diciendo esto comenzó a caminar pensativo de un lado al otro. Hasta que por fin exclamó:
¡Ya lo tengo!
¿¿Qué, qué?? –gritaron los otros dos.
Escuchen bien lo que voy a decirles y sigan mis palabras al pie de la letra.- les dijo y comenzó a llorar tan fuerte como le daban sus pequeños pulmones, corriendo arriba y abajo sobre la costa del río.
Tan pronto como comenzó a llorar los sapos que dormían en el fondo del río comenzaron a asomarse para saber que era tanto revuelo. Y cuando un buen número de ellos se reunió a su alrededor el ratón les dijo:
¡Rápido, amigos, rápido, y antes que sea demasiado tarde! ¡Que las piedras en el fondo de su río han sido malditas y pronto el hechizo caerá sobre ustedes también! Es por eso que hemos venido en su ayuda, ¡para que nos traigan del fondo del río todas las piedras que encuentren y nosotros nos desharemos de ellas! ¡Rápido, tienen que apurarse!
Los sapos, que eran unas criaturas muy crédulas, se apresuraron a seguir las palabras del ratón. Y hundiéndose en las profundidades del río fueron sacando, una a una, todas las piedras que allí había, y se las pasaron al ratón, quien se las extendía al simio y al oso para que se deshicieran de aquel terrible hechizo.
Más y más sapos trajeron incontables piedras a la orilla, hasta que finalmente apareció uno de ellos con el talismán y el ratón se apresuró a agarrarlo y les dijo a los sapos que ya podían dejar su tarea.
Con un gesto solemne les pidió a los sapos su atención y les dijo:
¡Es suficiente! El hechizo sobre el río y sus habitantes ha sido eliminado. Han trabajado muy bien y hemos resuelto un gran problema. ¡Puede ir y vivir en paz! 
Los sapos murmuraron, un poco sorprendidos por todo lo que acababa de suceder, pero ni el ratón, ni el simio, ni el oso se quedaron a escucharlos.
Pronto se lanzaron al río, los dos más pequeños sobre el lomo del más grande. De esta forma llegaron a la isla y se encontraron…
 
El Siddhi-kur hizo una pausa mientras le daba un mordisco al mango que había traído consigo, y se quedó en silencio mientras masticaba con calma.
¡¿Con que se encontraron?! –exclamó el hijo del Khan, esperando con impaciencia. —¡Ya sé! ¡Se encontraron con que Shrikantha ya había muerto de hambre y de tristeza, habiendo esperado por tanto tiempo!
No, nada parecido. –contestó el Siddhi-kur, — Shrikanta estaba sentado en la orilla, esperando pacientemente el regreso de sus tres amigos. Tan pronto como el ratón le extendió el talismán azul, deseó tener de nuevo todas las grandezas y tesoros y una hermosa e inteligente esposa con quien compartirlos. Y puedes estar seguro que la esposa cuidó muy bien del talismán desde entonces, para evitar que perdieran lo que habían obtenido gracias a él. Sin embargo, si el Príncipe desea que la historia termine de otra manera, puede buscarle el final que más le plazca. Y mientras tanto, ya que una vez más ha roto la promesa de mantener silencio en el camino de vuelta a casa, lo dejaré para que medite sobre la historia, sobre su poco cuidado o cualquier otra cosa que le venga en ganas. ¡En lo que a mí respecta, me iré corriendo hasta mi árbol de mango, en el fresco bosque detrás del jardín de los niños fantasma!
Y entonces el Siddhi-kur saltó de la espalda del Príncipe y desapareció en la distancia.
El hijo del Khan no suspiró ni se lamentó, pero apretando los dientes con fuerza se dio la vuelta y comenzó a desandar el camino en busca de la criatura mágica.
Cuando el largo camino hacia al norte fue completado, bajó una vez más al Siddhi-kur de su árbol de mango y lo ató a la mochila en su espalda, y ni bien comenzaron a andar, el Siddhi-kur le dijo:
Tengo una historia en mente que es quizá la más extraña e interesante que te he contado hasta ahora. Escúchame, mi amigo, que empezaré a contarla.  
 

 
 
Textos de la siguiente obra:
MYERS JEWETT, Eleonore; Wonder tales from Tibet; Little, Brown & Co; Boston; 1922
Traducción al español por Irene Lo Coco
Ilustración: Maurice Day
 
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