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La literatura coreana desembarca en Argentina PDF Imprimir E-Mail


Presentación de JI-DO antología de la narrativa coreana contemporánea
Por Miguel Villafañe

Entrevista a Oliverio Coelho
Por Damián Blas Vives

Hace ya unos años que Corea irrumpió en el mercado literario hispanoamericano de manera incipiente pero notoria. A las ediciones españolas de Yi Mun-Yol en Ediciones B y Editorial Complutense, los novelistas publicados por Trotta Pliegos de Oriente, Circe y Anagrama y los poetas publicados por Hiperión y Editorial Verbum, pronto se sumaron algunas publicaciones originadas en el Colegio de México, en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en algún otro círculo académico, pero lo cierto es que, a pesar de su gran calidad literaria, los títulos publicados no alcanzan una veintena. En este panorama es auspicioso que en nuestro país, mantenido al margen de la literatura coreana hasta el momento, se publiquen casi al unísono tres títulos. Mientras que por su lado Emecé publicó El regalo del ave de Eun Hee-kyung y Hacia la hora ajena de Yi In-seong, el lunes 21 de septiembre se presentó en el Centro Cultural Coreano el título Ji-Do Antología de la narrativa coreana contemporánea, una selección de ocho relatos de distintos autores confeccionada por Oliverio Coelho y publicada por Santiago Arcos Editor en la colección Parabellum. A continuación reproducimos las palabras que pronunciara en esa oportunidad el editor Miguel Villafañe y una breve entrevista que mantuvimos con el antólogo sobre el actual escenario literario coreano.
 
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Presentación de Ji-do
Por Miguel Villafañe
 
Soy Miguel Villafañe, editor de Santiago Arcos. Es un enorme placer para mí estar en este Centro Cultural presentando JI-DO antología de la narrativa coreana contemporánea, el nuevo libro de nuestra editorial publicado con el auspicio de la Korean Literature Translation Institute y la Korea Foundation.
 
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Aprovechando esta oportunidad y a modo de introducción me voy a tomar unos minutos para recordar algo me que ocurrió hace muchos años, en ese momento de mi vida cursaba la “secundaria” en Liniers, un barrio de la ciudad de Buenos Aires que limita con Ciudadela, otro barrio del Gran Buenos Aires cuya frontera es la avenida General Paz.
 
Esto pasó en el año 1976. Yo era un alumno bastante desganado y aburrido, recién había cumplido los 15 y hacía todo lo posible para pasar desapercibido ante mis profesores. Compartía esa actitud con un pequeño grupo de compañeros varones, todos ellos tan displicentes y raros como yo. Nos gustaba la música rock, las ropas ajustadas de colores brillantes y usábamos el pelo largo con rulos. Parecíamos beatniks del arrabal y siempre éramos los últimos en entrar al colegio. Por supuesto, ocupábamos los lugares del fondo del aula, donde nos habíamos atrincherado para evitar la exposición y los exámenes orales. Pocas semanas después de comenzado el curso se incorporó a nuestra división un nuevo alumno, un recién llegado a ese 2° año de Colegio Nacional, se llamaba CHUNG-HO.
 
CHUNG-HO tenía 16 o 17 y era coreano. Luego me enteré de que hacía casi diez años que había llegado a la Argentina y que vivía con su familia en Villa del Parque. Desde el primer día se instaló entre nosotros, en las últimas filas de asientos, donde siempre había un lugar libre. En un primer momento nos sorprendió su extrema pulcritud en el vestir y en el andar, su trato cordial, su fina ironía, su uso preciso del castellano: era una especie de gentleman entre bárbaros. Durante ese curso fuimos compañeros de banco y a medida que el año avanzaba se consolidó una gran amistad. Además de compartir el gusto por bandas de música como Deep Purple y Led Zeppelin, por el fútbol, deporte en el que se destacaba con un pique y pegada fuera de lo común, también nos ligó un gran intercambio de saberes prácticos con los que mitigábamos el aburrimiento durante las horas escolares. De él aprendí, entre otras cosas, a hacer un buen nudo de corbata, a combinar los colores de la camisa con el pullover, a medir con exactitud cuánto debe caer la bocamanga del pantalón sobre el zapato. Y también, lo más revelador, de él aprendí las reglas precisas de la caligrafía del castellano. Ahora recuerdo las horas que pasábamos practicando en hojas de borrador todas las letras del alfabeto, con la inclinación y corte preciso, para luego pasar al armado de sílabas y palabras, ante su mirada, entre chistes y bromas. Y ahí quería llegar, a esa escena paradójica donde un joven estudiante “argentino” criado en una tradición, una cultura, una lengua y una técnica de la escritura, es iniciado por otro, “coreano”, en el arte de escribir con elegancia en su lengua materna. Luego, muchos años después, entendí que esa elegancia natural con que mi amigo coreano trataba todos los asuntos de la vida derivaba de una educación, de un entrenamiento, de una disciplina ancestral que se hacía notable a través de él en el medio decadente donde yo me estaba criando.
 
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Como para mí nada es casual, ya que creo que todos los acontecimientos de nuestras existencias están ligados a través de profundos y misteriosos lazos, encontrarme hoy aquí en la situación de tener que presentar ante los lectores en lengua castellana esta antología de narradores coreanos es el correlato inevitable de aquel encuentro con Chung-Ho. Es una manera en que las circunstancias me permiten homenajear a la amistad que nos unió durante poco tiempo ya que yo al año siguiente cambié de colegio, me mudé y no volvimos a vernos. Es una forma que también toma en este caso el agradecimiento a todos los amigos coreanos que supe tener durante mi vida.
 
En ese sentido, cuando acepté participar en el proyecto de publicación de este libro pensé que JI-DO, debía transformarse efectivamente en un “mapa” que permita el intercambio y el acercamiento entre las personas, y que funcionara de la misma manera que funcionó entre Chung Ho y yo, para que sea así también un aprendizaje gozoso, en un marco de naturalidad, excitación y alegría.
 
Espero que así sea.
 
gam-sa-ham-ni-da
(Muchas gracias)
 

 
Entrevista a Oliverio Coelho
Por Damián Blas Vives
 
 
Evaristo Cultural: ¿Sos lector de las narrativas asiáticas?
 
Oliverio Coelho: La narrativa asiática es muy diversa. Desde Irán a Japón, pasando por la India, el arco es inconmensurable. Es una literatura paralela a la occidental. Leí algo de literatura iraní, algo de literatura india, un poco más de japonesa y en los últimos años más de coreana, pero no podría decir que soy un lector de narrativa asiática. Es algo muy vasto, no un bloque como la latinoamericana, que si bien presenta en cada país presenta singularidades, al menos comparte una raíz idiomática. La verdad es que estoy expuesto a los vaivenes y caprichos de cualquier lector. Tengo enormes blancos.
 
EC: ¿Cómo tomás contacto con la realidad literaria coreana?
 
OC: En Corea, residiendo unos meses, y asistiendo a seminarios y coloquios, donde intercambié experiencias con escritores y conocí algunos traductores, entre ellos Kim Un-kyung, la traductora de los cuentos de Ji-do. Además en el KLTI me facilitaron algunos libros de narrativa actual coreana, ya traducidos, la mayoría al inglés o al castellano.
 
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EC: Contanos un poco de tu viaje a Corea. ¿Tomaste contacto con alguno de los autores que forman parte de la antología durante tu estadía en el país? ¿Qué aspectos te resultaron seductores del país y de su gente?
 
OC: Tomé contacto con alguno de los autores, como Lee Dong-ha, Kim Young-ha, y sobre todo con la traductora, que fue fundamental para que pudiera llevarse adelante este proyecto, ya que fue ella quien me facilitó un corpus de textos. Creo que lo más seductor de Corea es que, para un occidental, no hay punto de contacto o código que nos ponga a resguardo, y hay que aprender de cero muchos modales. No hay nada familiar a lo cual asirse o de lo cual servirse. Y a medida que pasó el tiempo yo fui adaptándome, por lo cual volver a Buenos Aires fue tan extraño como había sido, al principio, ir a Corea.
 
 
EC: En este último mes la literatura coreana ingresó por la puerta grande en el mercado nacional, tres títulos paralelos apuestan al interés de los lectores. ¿Cuáles son las particularidades y los puntos fuertes de la narrativa coreana?
 
OC: Bueno, estas generalizaciones son imposibles. La suma de particularidades no podrían definir a una literatura en la que por lo menos cien autores valiosos están en actividad. Sí hay puntos fuertes, como la reelaboración y problematización del pasado que llevan adelante muchos escritores de la generación del sesenta, un compromiso que va más allá de lo políticamente correcto y contiene una apuesta tan ideológica como estética. Pero también otro punto fuerte es el modo en que los escritores más jóvenes abordan y metabolizan los efectos progreso y la modernización en Corea, y distancian de cualquier política conformista.
 
EC: ¿Pensás que el interés por la literatura coreana viene de la mano del llamado “Boom japonés” o en nuestro país es un fenómeno independiente?
 
OC: A mi modo de ver es un fenómeno independiente. Tampoco estoy seguro de que haya habido un boom japonés en Argentina. En todo caso hubo un boom Kawabata. Porque la literatura japonesa, exceptuando a Minae Mizumura y Kenzaburo Oé, no está en su mejor momento. Su época de oro terminó hace décadas.
 
EC: En Ji-Do el lector tomará contacto con diferentes estéticas literarias. ¿Cuáles son estas vertientes y cuál es la que, en lo personal, te resulta más interesante?
 
OC: En Ji-do yo veo por un lado un realismo social muy bien tramado, que no hace concesiones ni cae en exposiciones demagógicas. Luego veo un realismo satírico y menos lacónico, de temática urbana, igual de intenso. No es raro que los escritores más recientes, que no vivieron dramas históricos por los que pasaron las generaciones anteriores, sigan esta última vertiente más contemporánea. Personalmente, no pienso que una corriente sea más interesante que otra. Hay cuentos como Son Chang- sop o el de Kim Young-ha, que me encantaron, y no tienen ninguna relación entre sí.
 
EC: Que particularidades tiene la narrativa coreana que la diferencian de las narrativas orientales conocidas?
 
OC: Creo que al no ser un experto en literaturas orientales, pienso la diferencia más en relación a la literatura latinoamericana. Pero nunca pensé en la diferencia de la diferencia. Debería ser un especialista y no lo soy.
 
EC: ¿Cuántos autores revisaste para seleccionar a los ocho que conforman tu antología?
 
OC: Alrededor de treinta. Como desde el principio me propuse una antología parcial, que fuera una puerta de entrada a una literatura desconocida para el lector argentino, y no una antología rigurosa que presentara a los escritores más importantes del siglo XX, sobre la preselección de cuentos que hizo la traductora, hice una selección de ocho cuentos que mantenían un hilo y daban un panorama de los problemas políticos y sociales de uno de los países que peor la pasaron en el Siglo XX. Había cuentos muy buenos y creo que con eso bastaba. En toda antología hay un riesgo y hay arbitrariedad. Supongo que en el futuro se pueden hacer antologías con los imprescindibles. Yo me dejé guiar por la calidad de los textos y la idea de que la selección podía tener un hilo conductor.
 
EC: ¿Hay algún autor que te haya interesado particularmente pero que por algún motivo no forme parte de tu selección?
 
OC: Sí, hay varios, como Choi In-hoon, Kim Hoo-young, Hwang Suk-young, Yi In-seong. No los incluí porque de ellos leí novelas, pero no cuentos. Los treinta cuentos que revisé para hacer mi selección ya habían sido traducidos por Kim Um-kyung, y publicados en la Revista Koreana, y sólamente había que retocarlos. De lo contrario, habría sido una tarea infinita.
 
 
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