| Entrevista a Yasutaka Tsutsui |
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por Jesús Carlos Álvarez Crespo
Entrevista a Yasutaka Tsutsui
Por Jesús Carlos
Álvarez Crespo
Una de las sorpresas editoriales más destacables del
año fue la publicación en castellano de Yasutaka Tsutsui. Hombres salmonela en
el planeta porno, editado por Atalanta y con traducción y notas a cargo de
Jesús Carlos Álvarez Crespo, apareció para llenar ese paréntesis que en los
países de habla hispana se dio entre la generación llamada de posguerra y la
subsiguiente generación de vanguardias y la frivolidad de los autores
contemporáneos.
Transgresora y desbordante por naturaleza, la
narrativa de Tsutsui, catalogada como metaficción, se aleja de la solemnidad de
narradores como Kobo Abe o Kenzaburo Oé sin caer en el artificio carente de
sentido de Haruki Murakami o en el revisionismo algunas veces insípido de
Banana Yoshimoto. De una violencia resplandeciente, Tsutsui es un guerrillero
de las palabras.
Reproducimos a continuación una entrevista al autor
realizada por Jesús Carlos Álvarez Crespo y publicada como colofón a la
selección de relatos.
Agradecemos a la Sra. Inka Martí y a su equipo la autorización para reproducir la misma.
Tokio, 3 de noviembre de 2007
La residencia de
Yasutaka Tsutsui en Tokio está situada en uno de los barrios más conocidos de
la capital, donde pasa temporadas que combina con las de su casa en Kobe.
Ataviado al más puro estilo tradicional japonés -un impecable kimono azul-, su
imagen se adapta a la perfección al conjunto de su residencia, decorada con
numerosos muebles, cómodas y objetos antiguos.
Da la impresión
de ser una persona seria y circunspecta. Habla con parsimonia, pensando mucho
lo que dice, si bien se dispara cuando toca algún tema que le interesa
especialmente, como si declamara; sin duda, le surge inconscientemente la vena
de actor.
Nacido en Osaka el 24 de septiembre de 1934, ha ido desarrollando a lo largo de sus casi 600 obras un peculiar estilo literario que se ha definido como metaficción. En él introduce lo que en japonés se denomina dotabata kigeki, el slapstick en inglés, que en español se podría traducir como astracanada o comedia bufa. No obstante, su humor es de difícil clasificación, como podremos apreciar en esta entrevista.
-Usted es natural de Osaka, según tengo entendido. El
hecho de nacer allí, ¿ cree que le ha marcado en su peculiar sentido del humor?
Me refiero a la diferencia que existe entre el humor de Tokio y el de Osaka.
-En efecto, el
humor de Tokio es sumamente refinado. Nunca llega a la carcajada, es un humor
elegante que intenta escapar de las situaciones comprometidas. Aunque al final
no se diga el desenlace, se sobreentiende. Sin embargo, el humor de Osaka es
directo y las cosas se dicen claramente. En cuanto a mi humor, yo diría que no
es muy refinado que digamos... [Y sonríe maliciosamente.]
-Su carrera literaria empezó como escritor de ciencia
ficción. ¿Por qué eligió este género como base de su expresión literaria?
-Cuando empecé a
escribir novelas, quería dedicarme a la interpretación, ser actor. Quería sobre
todo ser actor cómico, era lo que más me gustaba. Pero, por circunstancias que
no vienen al caso, no pude llegar a serio. Aun así, seguía pensando en la
interpretación. En mi época universitaria todavía no tenía ninguna experiencia,
no sabía cómo materializar esa inquietud. Entonces me interesé por la
psicología. Leí las obras completas de Freud, entre otros autores. La verdad es
que entonces no había otra cosa. Luego, en la universidad estudié Bellas Artes
[se especializó en Estética y Arte en la Universidad Doshisha de Kioto]. Fue
allí donde me topé con el surrealismo. Y ese encuentro me planteó cómo utilizar
todos esos conocimientos; era el final de la guerra, entonces surgió en Estados
Unidos la edad de oro de la ciencia ficción: y leí a Robert Anson Heinlein,
Robert Sheckley, Frederic Brown, Ray Bradbury. Para mí fue un shock, y pensé
que con ello sí podría aprovechar lo que había estudiado hasta entonces sobre
el surrealismo. Así que dejé a un lado la interpretación y empecé a escribir
ciencia ficción. Por otra parte, mi padre era zoólogo y quería enseñarme sus
conocimientos científicos. Y esto me hizo inclinarme hacia la ciencia ficción.
Al principio no era capaz de escribir novelas en tercera persona, como se hace
convencionalmente, y como no me salía nada, empecé a escribir astracanadas en
primera persona, pues me encantaba el teatro cómico. Y tuve éxito. Bueno, ahora
puedo escribir de todo, ¿eh? [risas].
-Ha ganado varios premios importantes de ciencia
ficción.¿Qué es lo que más le interesa de este género literario y cuáles son
los escritores que más le gustan?
-Por supuesto, me
gustan muchos. Pocas formas literarias permiten hacer una crítica tan rotunda a
la civilización como la ciencia ficción. Ningún género puede criticar mejor lo
peligrosa que ha resultado ser finalmente la tecnología, ¿verdad? Por ejemplo,
en Estados Unidos, creo que Robert Sheckley destacó en ese sentido. Si hablamos
de obras de carácter cómico, tenemos que citar a Frederic Brown. Y... a mí,
como no soy ni romántico ni sentimentalista, no me va mucho Ray Bradbury
[risas]...
-¿Cree que la ciencia ficción es la mejor manera de
predecir la realidad futura, o es la mejor manera de describir en términos
simbólicos nuestra realidad actual?
-Predecir el
futuro no es difícil, y no hay más que ver el rumbo que está tomando el mundo:
la economía, la política, el problema de las guerras, el medio ambiente... Todo
va de mal en peor. Y, en fin, si sigue así, para predecir lo que puede pasar
habría que emplear lo que en matemáticas se denomina «extrapolación». Para
ello, lo que hace la ciencia ficción es escoger un aspecto del futuro y
adentrarse en él para ver cómo va cambiando. Todos los buenos escritores del
género han utilizado este método.
-A usted se le ha denominado el «gurú de la
metaficción». ¿Se considera cómodo con esa etiqueta y nos podría explicar en
qué consiste la metaficción?
-[Risas.] Bueno,
yo no he sido el pionero de la metaficción. Hubo mucho antes numerosos
escritores que la utilizaron. El escritor está implicado en la historia, hace
tonterías y los personajes le hacen trastadas o critican su propia obra,
etcétera. Me parece que el primero que empleó la metaficción fue André Gide en Les
faux-monnayeurs [Los falsos monederos,1925]. Y a raíz de entonces es un recurso
muy utilizado en el mundo del manga en Japón. Así, por ejemplo, en muchas obras
de Osamu Tezuka, él mismo sale en la historia y los personajes lo maltratan...,
eso es la metaficción. Hay un denominador común que caracteriza a este género,
pero a fin de cuentas esto no sorprende demasiado al lector. Por eso me puse a
pensar en cómo lograr una nueva forma de metaficción, cómo sorprender más al
lector, cómo divertirle y lograr que se interesara más, y en ese sentido ideé
varias formas. Pero lo cierto es que, hagas lo que hagas, siempre habrá alguien
que lo ha hecho antes que tú.
-Algunos de sus relatos de los años 60 y 70 son
proféticos, en el sentido de que hablan de la aceleración y el crecimiento de
los media en nuestra sociedad. ¿Cree que esto ha tenido como resultado la
ambigua transformación de las ficciones en realidades, y viceversa?
-En la vida real,
ficción y realidad no se entremezclan, pero en el mundo literario yo creo que
no se diferencian. Por eso, como forma de vincular la ficción y la realidad,
pensé en introducir los sueños. Y con ese tema de fondo he escrito muchísimas
obras.
-En varias ocasiones ha declarado que Charles Robert
Darwin, Sigmund Freud, Carl Gustav Jung y los hermanos Marx, entre otros, han
tenido una importante influencia en su obra. ¿Podría explicamos en qué sentido
le ha influenciado cada uno de ellos?
-Sí, Freud,
Darwin, Carl Jung, los hermanos Marx... No Karl Marx, ¿eh? Los hermanos Marx [risas].
Sí, como quería dedicarme al teatro cómico, las películas de los hermanos Marx
tuvieron una enorme influencia en mí. Sus gags son verdaderamente surrealistas.
En esa época yo aún estudiaba secundaria y no conocía ni la palabra
surrealismo. Luego, cuando entré en la universidad, la escuché por primera vez
y... me enteré de que en Francia los surrealistas valoraban muchísimo a los
hermanos Marx, lo cual me complació mucho y me indicó, en cierta manera, que
iba por buen camino. Posteriormente, mi tesis universitaria trataba sobre «La
escritura automática dentro del surrealismo» [el título concreto de la tesis
es: «Crítica psicoanalítica de la psicología creativa en el surrealismo que
tiene como factor fundamental la escritura automática»]. Esto es, el flujo de
una escritura libre de todo control de la razón, libre de preocupaciones
estéticas o morales. Eso era para mí el surrealismo. Lo cierto es que al
profesor encargado de revisar mi tesina le disgustaba el psicoanálisis, de modo
que no me puso muy buena nota [risas]. Luego, por lo que respecta a Darwin,
como mi padre era zoólogo, en casa había libros de él, y adquirí los
conocimientos científicos necesarios. Claro que también aprendí mucho de otros
libros que tenía mi padre, y él mismo me enseñó muchas cosas.
-¿De qué modo le influyeron Freud y Jung?
-¡Ah, sí! Jung.
Bien, decía hace un momento que ante todo descubrí a Freud estudiando los
sueños, y para conocer al ser humano pensé que me sería muy útil en mi carrera
de actor... Empecé, pues, a interesarme por los sueños, y en conexión con ellos
pasé a Jung. Me relacioné con gente que estaba muy familiarizada con el mundo
onírico. Por ejemplo, yo destacaría a Shu Kishida, un seguidor de Freud. Y
también otro muy versado en Jung que falleció recientemente, Hayao Kawai. Ambos
tienen puntos de vista muy interesantes. Claro que cuando a Kishida le sacan a
colación a Jung se enfada mucho. Como es partidario de Freud... [risas]. En
fin, que me planteé con cuál de los dos quedarme y, como yo no soy científico sino
escritor, me quedé con los aspectos que más me gustaban de cada uno.
-Usted es un hombre polifacético: es novelista,
escritor de ciencia ficción, actor, crítico literario, autor teatral, estrella
de televisión, músico (clarinetista) de jazz. ¿En cuál de estas actividades se
encuentra más a gusto? ¿Qué han aportado estas experiencias a su visión como
escritor?
-La verdad es que
sólo hago lo que me gusta. Por ejemplo, cuando escribo una novela lo hago en
casa, tranquilamente, con un ordenador. En cuanto a mi actividad como actor, es
diferente. Estoy rodeado de mucha gente. Por ejemplo, en el cine, o en las
series de televisión, te hacen esperar eternamente para grabar. Y en el teatro,
tengo que ensayar y repetir una y otra vez el guión. Todo esto es diametralmente
opuesto a la soledad del escritor. Por eso hay tan pocos escritores que a la
vez sean actores. De vez en cuando sale alguno, ¿ no? Por ejemplo, Topor.
Roland Topor era también actor teatral. El hecho es que esas personas que
realizan cosas tan diferentes no hacen más que enriquecer su actividad. Yo creo
que no hay que hacer actividades que se parezcan. A modo de ejemplo, destacaría
al crítico Hideo Kobayashi, ya fallecido. Este hombre era un auténtico
polifacético en lo que al arte se refiere. Escribió acerca de Norinaga Motoori
[erudito clásico del periodo Edo que se esforzó por abanderar el Kokugaku, esto
es, el estudio del pensamiento y la cultura del antiguo Japón], Mozart, Van
Gogh, y lo sabía todo sobre música y cine. Era una persona con una cultura
vastísima. Es decir, respecto al arte era una persona omnidireccional, alguien
que sabía de todo, de música, de literatura, de pintura. Pero, en relación con
la literatura, las personas que escribimos tenemos que saber, hasta cierto
punto, un poco de todo. Creo que eso es algo que se da por supuesto. Yo también
hago todo lo que puedo para intentarlo. Pero, claro, aunque hablemos de
polifacéticos, eso no afecta a todas las artes. Así, por ejemplo, lo que
encuentro increíble es que alguien se dedique a la política y también a la
literatura, como Shintaró Ishihara [actual gobernador de Tokio]. Estas dos
disciplinas son totalmente antagónicas. Por eso, yo no podría dedicarme a la
política. En todo caso, siento mucho respeto hacia él.
-¿En qué se inspira para crear sus obras? Antes me ha
comentado que los sueños le han proporcionado una buena parte de sus personajes
e historias...
-Sí. Eso es así
en parte, pero también, por ejemplo, se me ocurren cosas cuando leo un libro.
Sin embargo, no me suele pasar cuando leo una novela. Lo que más me inspira son
los libros de Ciencias Sociales, de Psicología, de Zoología, etcétera. y
también, claro está, lo que más me ha servido de base han sido los montones de
películas cómicas que he visto, sobre todo las de Estados Unidos, que me
encantaban. Todas ellas eran de serie B. Pero el argumento estaba muy bien
urdido y el clímax muy conseguido, y su desarrollo lógico era muy claro. Eso es
lo que más me ha inspirado. Según dicen los críticos, yo suelo sacar las ideas
para mis obras de los libros. Hay quien dice que por eso soy un bookish [un
bibliófilo]. Pues sí, es cierto que lo soy, aunque al principio creía que me
llamaban bukitcho [torpe, desmañado] y me enfadaba mucho [risas]. En fin, que
soy muy de libros, pero también me inspiro mucho en el cine. Claro que, por
otro lado, conozco bien la vida de la sociedad, ya que durante una época fui
asalariado [trabajó en la importante empresa Nomura Kógeisha dedicada al diseño].
-¿Le interesa la literatura clásica japonesa?
-Como no tenía
intención de ser escritor, no tengo ninguna formación literaria. Así pues,
apenas he leído la literatura clásica japonesa.
-¿Conoce la literatura española o latinoamericana?
-Sí, conozco a
Blasco Ibáñez. Sale en mi último libro [Kyo sen Berasu Retorasu, «El
transatlántico "Bellas Letras"»].
- Sí, estuvo en Japón en el año 1923.
-Así es, al
parecer le gustaba mucho. También se hizo una película de su obra Sangre y
arena, protagonizada por Tyrone Power. De los clásicos, he leído Don Quijote...
y por 10 que respecta a los escritores latinoamericanos, García Márquez (¡sobre
todo El otoño del Patriarca!), Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Manuel
Puig... ¡Ah! Y Donoso. Me encanta José Donoso. Bueno, me gustan todos, la
verdad. En Latino américa la fantasía es increíble. El obsceno pájaro de la
noche [1970] es una historia apasionante [risas]. Me encantaría haber escrito
cualquiera de esas obras...
-En el verano de 1993 dejó de escribir, en parte por
una reacción a las protestas de la Asociación de Epilépticos de Japón, que no
vieron con buenos ojos su relato Mujin Keisatsu «El robot policía»), y en
febrero de 1997 volvió a la actividad literaria con Jaganchó. ¿ Cree que es
duro escribir en Japón? ¿Hay mucha censura?
-Es evidente que
hay presión, pero es una presión que se puede combatir, así que hay que
resistir. Lo bueno es que no hay pena de muerte por eso [risas]. Yo no le doy
ninguna importancia. Ahora bien, sobre las protestas de la Asociación de
Epilépticos de Japón, no hay nada de malo en ello. Tienen todo su derecho y
libertad para protestar, y yo también tengo libertad para escribir sobre ellos.
Lo que es intolerable es 10 que hicieron los medios de comunicación al meterse en
medio. A su capricho decidieron crear palabras discriminatorias, autolimitarse.
Mis protestas no iban dirigidas contra la AsociaciQn de Epilépticos, sino
contra la autocensura por parte de los medios de comunicación. Y es que éstos
no recogieron mi opinión, sino que sólo tuvieron en cuenta la de la Asociación
de Epilépticos de Japón. Eso era discriminación... Por eso me encolericé. Fue
una protesta dirigida contra los medios de comunicación.
-En septiembre de 1993 usted escribió un manifiesto
literario. ¿ Cuáles son las líneas esenciales de su teoría sobre la ficción
literaria?
-En la literatura
tiene que haber libertad. Por otro lado, en japonés hay una serie de palabras
consideradas discriminatorias que no se pueden usar en la vida cotidiana. Yo
creo que realmente es mejor no usadas en esas situaciones. Ahora bien, en la
literatura aparecen personajes que siguen empleando esos vocablos, que expresan
lo que se decía en una época determinada, por lo que hay que dejados así para
la posteridad. Si la gente común no puede usar esas palabras, son los literatos
quienes deben hacerlo. Si no, si se consideran palabras ofensivas, acabarán por
desaparecer. y nunca sabremos por qué nacieron. Por esa regla de tres, ¿qué
pasaría en el reino animal si se exterminaran todos los mosquitos o las moscas,
que se consideran insectos dañinos? En ese caso desaparecerían también las
libélulas que se alimentan de ellos. y a su vez dejarían de existir los pájaros
que se comen a las libélulas. Esto tendría una gran influencia en los
ecosistemas de toda la Tierra. Lo mismo se puede decir del mundo de las
palabras. Ése fue mi argumento fundamental y por eso formulé la protesta contra
las empresas periodísticas.
-Después de abandonar la letra impresa se refugió en
Internet (en julio de 1996), pasando a ser uno de los pioneros en su país en
cultivar la ciberficción. ¿ Qué puede decimos al respecto?
-Sí, un poco
antes de dejar de escribir, un periódico me pidió que escribiera novelas por
capítulos. Sentía curiosidad por saber quién las leía. Si vamos a una librería
podemos elegir entre una enorme cantidad de novelas, pero así, desmenuzadas,
leyéndolas cada día, me pregunté: ¿ a quién le pueden interesar? Me enteré de
que la mayoría de los lectores eran pacientes de hospitales o clínicas [risas],
o ancianos que gozaban de tiempo libre. Antes, cuando había poca inf9rmación,
leíamos con deleite las novelas de los periódicos. En aquella época todavía se
podían usar todas las palabras. Entonces pensé que sería útil hacer la prueba
de escribir una novela por entregas, que los lectores la leyeran y escribieran
sus sugerencias para ir desarrollando la historia. A posteriori, me enteré de
que esto ya lo había hecho Charles Dickens, que tenía su propia editorial,
además de ser escritor. Lo que hacía era reunir en el salón de su casa a unas
cuantas mujeres, leían en voz alta y discutían. De esa manera se podía mejorar
lo escrito. Y ha habido otros que también han hecho lo mismo que Dickens. El
caso es que escribí una historia que fui desarrollando teniendo en cuenta las
cartas de los lectores. La titulé Asa no Gaspar [«Gaspar de la mañana»; ganó el
premio de Ciencia Ficción de Japón en 1992] y eso se convirtió, podríamos
decir, en ciberficción. Como llevaba un tiempo recibir las comunicaciones de los
lectores, leerlas y seguir escribiendo, empecé a utilizar el ordenador, porque,
de esta forma, las sugerencias me llegaban el mismo día que yo escribía algo y,
gracias a una persona que me ayudó, empecé a meterme en el mundo de la
informática. Posteriormente, cuando dejé de escribir, decidí publicar mis
novelas en Internet, ya que ahí no había censura.
-En sus cuentos la realidad no sigue un desarrollo
lineal, sino que es pura contingencia. ¿Piensa que el fundamento de la vida
humana es la contingencia?
-Vaya, esto
empieza a adquirir tintes filosóficos [risas]. Bien, hay una filosofía de lo
casual y otra de lo inevitable. Yo, la verdad, al leer un libro enseguida veo
si me convence o no. A veces pienso que es algo casual, pero si me dicen que es
inevitable, pues también puede ser. En este sentido, no tengo una opinión
única. Creo que las dos corrientes son posibles. Particularmente, es posible
que tenga dos personalidades que puedan discutir eternamente entre la
contingencia o la inevitabilidad de la realidad.
-El escritor y filósofo español Miguel de Unamuno
tenía un sentimiento trágico de la vida. ¿Es el suyo un sentimiento cómico, una
sensibilidad cáustica de la existencia humana?
-Siempre se ha
dicho que la existencia es un gran escenario cómico y que todos los seres
humanos somos actores y personajes de una obra bufa [risas], cosa que, en estos
tiempos, no ha cambiado mucho. Está claro que no me gusta nada «pasarlas
moradas», pero lo que yo no puedo entender es el sufrimiento. Por ejemplo, las
heridas de bala sufridas en la guerra o cuando Yukio Mishima se hizo el
haraquiri. La verdad, no soy capaz de entenderlo, porque me parece que siempre
hay cierto fondo de bufonada en la sociedad humana, y debido a ello no logro
comprender demasiado bien ese carácter trágico que quieren otorgar al asunto
humano.
-¿Qué piensa sobre el Japón actual?
-Pues... todo va
de mal en peor. No puedo decir hasta cuándo durará, pero lo que está claro es
que vamos en esa dirección.
-¿Qué opina del boom actual de la literatura
japonesa? Me refiero, en concreto, a casos como Haruki Murakami.
-No sé qué
responder. Yo cada vez soy más viejo, y Murakami es todavía joven, y sus
lectores lo son aún más. ¿Qué será lo que les gusta de él? La verdad es que no
lo sé. Yo he leído su obra y, bueno, por supuesto creo que está bien. No
obstante, me parece que en Japón hay otros escritores de su mismo nivel...
-En algunas de sus obras, como El mundo se inclina, aparecen
comentarios con los que las mujeres podrían sentirse incómodas.
-[Risas.] Sí, por
supuesto, está escrito en clave de humor. Pero también hay protagonistas
varones que, en esa misma tesitura, son tratados de manera cómica. Creo que doy
el mismo trato a ambos sexos. Pero, más bien, a mí me han dicho muchas veces
los críticos que soy sumamente respetuoso en mis obras con las mujeres. Por
ejemplo, en Paprika, y lo mismo se puede decir de la protagonista de mi
trilogía titulada Nanase, a quien idolatro enormemente.
-Como primer escritor posmodemo de Japón, también se
interesó por un subgénero como el manga y, según tengo entendido, también
posteriormente han sido los mangas y las películas de animación los que han
tomado sus historias como base
para algunos de sus guiones, como es el caso de Paprika.
¿Qué puede decimos en este sentido?
-Está bien
informado, ¿eh? Veamos... Toki o kakeru shôjo [«La niña que traspasó el
tiempo»] la escribí hace 40 años y Paprika hace 20. En aquel momento no sé qué
me impulsó a escribirlas, pero el caso es que Toki o kakeru shôjo se ha llevado
al cine una y otra vez, y como película de animación es la primera vez que
aparece [en 2006]. Además, el libro tiene mucho éxito: creo que se han vendido
tres millones de ejemplares. Así que su protagonista es como una hija para mí.
Y lo mismo puedo decir de Paprika y de Nanase, que también se ha llevado a la
pantalla grande y de la que se ha hecho una serie de televisión. Es otra de mis
hijas.
-Por cierto, ¿es usted el autor de la historia de la
película El show de Truman, de Peter Weir (I998)?
-Pues es una
película que se podría decir que me la robaron. Pero aparte de El show de
Truman hay otras muchas [risas]. Ésa se parece muchísimo, la verdad. Y también
otra que se titula Tarde de perros, de Al Pacino [1975], es muy similar a una
de mis obras. ¡Ah! Y la de Woody Allen: Todo lo que siempre quiso saber sobre
el sexo y nunca se atrevió a preguntar [1972]. El episodio final de la película
es clavado a mi cuento corto Kekkan basu no totsugeki [«La embestida del
autobús averiado»]. Se dio la circunstancia de que un crítico japonés, que no
sabía nada de esto, dijo que las obras de Tsutsui no valían nada, pero que la
película de Woody Allen era una maravilla [risas]. Lo cierto es que yo lo
escribí primero. Y no son las únicas.
-¿Qué piensa del cambio climático?
-Yo creo que es
uno de los motivos por los que se extinguirá la humanidad. Por eso mismo he
pensado en escribir algo sobre ese futuro que nos espera. Actualmente estoy
escribiendo una, digamos, light novel o novela ligera [una novela con
ilustraciones de estilo manga orientada a los jóvenes. El término «light novel»
es lo que se denomina un wasei-eigo o una palabra japonesa formada por vocablos
del idioma inglés], una historia destinada a los jóvenes con el fenómeno del
cambio climático como trasfondo. El nivel de la superficie del mar va subiendo
y se van hundiendo las ciudades costeras. La gente se traslada a las zonas
montañosas y a las mesetas. Eso es sobre lo que estoy escribiendo ahora.
-¿Qué le parece que su obra se traduzca a otros
idiomas? ¿ Cree que lo que escribe es extrapolable a otras culturas?
-Hay naciones
tristes y alegres. Yo preferiría que mi obra se tradujera a naciones alegres
[risas].
-Por último, ¿qué reflexión haría sobre el destino
que ha tenido su obra?
-Como he dicho
anteriormente, al principio yo escribía en primera persona como si fuera el
protagonista y sólo hacía bufonadas. La verdad es que, mientras escribía, tenía
la sensación de que estaba representando una obra de teatro, que estaba
actuando. Me lo pasaba en grande. Y, por otro lado, empleaba el surrealismo
para expresar la ciencia ficción... Poco a poco, mis obras no sólo se
publicaban en revistas especializadas en ese género, sino también en otras de
carácter general. Y entonces surgieron ciertas críticas que afirmaban que ya no
escribía astracanadas, y otras decían que todavía seguía haciendo esas
astracanadas, «¡vaya estupidez!» [risas]. Sin embargo, seguí escribiendo, y mientras
lo hacía se fueron produciendo nuevas corrientes literarias que fui
introduciendo en mis novelas, y así fue como, poco a poco, llegué al estado en
el que me encuentro ahora. Al principio los galardones literarios me eran
completamente ajenos, pero con Kyojin tachi [«Personas virtuales» ] me
concedieron el premio Izumi Kyoka, y después otros muchos. Incluso me han
concedido la medalla del lazo púrpura de Japón. Aunque ahora también hay gente
que dice: «Las payasadas que escribía antes Tsutsui eran mejores». En este
mundo hay de todo... [risas].
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