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El contador de historias PDF Imprimir E-Mail


Por Rabih Alameddine

Osama, un joven libanés que vive en Estados Unidos desde hace más de diez años, regresa a Beirut al enterarse de que su padre, agonizante, se encuentra hospitalizado. La ciudad es solo un reflejo del Beirut que Osama recordaba; pero, como antaño, sus amigos y familiares se reconfortan en las cosas que siempre los han sostenido: los rumores, la risa y, por encima de todo, las historias.
El abuelo de Osama y fundador de la familia fue en su día un hakkawati o contador de cuentos. El recuerdo de sus historias sobre su llegada al Líbano desde el Kurdistán turco, cómo se hizo con el apellido Al-Kharrat o el recuerdo de las guerras turcas se entremezclan con los cuentos clásicos de Oriente Medio. Abraham e Isaac, la fábula de Fátima y la historia de Baybars, el príncipe esclavo que conquistó las cruzadas, aparecen maravillosamente reinventados en esta novela contemporánea.
 
En la tradición de Las mil y una noches, El contador de historias, editado en castellano recientemente por Editorial Lumen,  es una de las obras más interesantes publicadas en lo que va del nuevo siglo. Rabih Alameddine consiguió que sus seiscientas cincuenta y ocho páginas nos supieran a poco. Agradecemos a la Señora Daniela Morel de Random House Mondadori Argentina el permitirnos reproducir a continuación parte del primer capítulo.
 
 
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Alabado sea Dios, que ha dispuesto las cosas
para que las anecdotas placenteras
 sirvan como instrumento para pulir la inteligencia
y limpiar el óxido de nuestros corazones.
 
Ahmad Al-Tifashi, Los deleites del corazón
 
 
 
Todo es contable.
Basta con empezar una palabra tras otra.
 
Javier Marías, Corazón tan blanco
 
 
 
 
¡Que infiernos, purgatorios y paraisos tengo en mi interior!
 Pero ¿quien me ve hacer algo que esté en desacuerdo
 con la vida, a mi, alguien tan sereno y tan pacifico?
 
Fernando Pessoa, El libro del desasociego
 
 
 
 
 
Escuchad. Dejad que sea vuestro dios. Dejad que os guíe en un viaje hacia los confines de la imaginación. Dejad que os cuente una historia.
Hace mucho, mucho tiempo, en una tierra remota, vivía un emir en una hermosa ciudad, una ciudad verde llena de árboles y de exquisitas fuentes burbujeantes cuyo susurro arrullaba a los ciudadanos por las noches. Puede decirse que el emir tenía todo cuanto un hombre puede desear, a excepción de lo que más anhelaba su corazón: un hijo varón. Gozaba de riquezas, heredadas y logradas. Gozaba de buena salud y una dentadura fuerte. Gozaba de estatus, encanto, respeto. Gozaba de la adoración de su preciosa esposa y de la admiración de su pueblo. Tenía un pedicuro experto. Llevaba veinte años de matrimonio y doce hijas, pero ningún varón. ¿Qué podía hacer?
Llamó a su visir.
—Sabio visir —le dijo—. Necesito tu ayuda. Como bien sabes, mi bella esposa ha sido incapaz de darme un hijo. Tengo doce hijas, a cuál más hermosa. Su piel lechosa es tan suave como la mejor seda china. Las perlas relucientes del golfo Pérsico palidecen si las comparamos con sus ojos. El brillo de sus cabellos eclipsa los tintes negros de la tierra de Sind. Diecisiete poetas alaban las cualidades de la primogénita. Mis hijas me han proporcionado mucho placer, mucho orgullo. Y sin embargo anhelo ver a un descendiente mío dotado de un pequeño pene corriendo por el patio: un chico que sea depositario de mi nombre y de mi honor, un futuro líder para nuestro pueblo. Estoy en una encrucijada. Mi esposa insiste en que lo intentemos una vez más, pero no quiero que pase por eso solo para acabar dando a luz a otra niña. Dime, ¿qué puedo hacer para asegurar que nazca un chico?
Por millonésima vez el visir propuso a su señor que tomara una segunda esposa.
—Antes de que sea demasiado tarde, señor. Es evidente que vuestra esposa nunca os dará un hijo. Debemos encontrar a alguien que pueda hacerlo. Mi señor es el único hombre de estos parajes que se conforma con una única señora.
El emir había rechazado esa propuesta en un sinfín de ocasiones, y ese día no iba a ser menos. Su mirada serena se posó en el jardín.
—No puedo casarme con otra, querido visir. Amo a mi esposa con todo mi corazón. Sé que de vez en cuando puede mostrarse destemplada, arrogante sin duda, petulante e impetuosa, tonta a ratos, desagradecida hacia quienes la ayudan, e incluso maliciosa y despiadada cuando se enfada, pero a pesar de todo eso ella siempre ha sido la única mujer que existe para mí.
—En ese caso tened un hijo con una de vuestras esclavas. Fátima la egipcia podría ser una candidata excelente. Tiene buenas caderas y unos pechos incomparables. Si me permitís el comentario, es la aspirante ideal.
—Pero no siento deseo alguno de yacer con otra mujer.
—Sara ofreció una esclava egipcia a su marido para que este tuviera descendencia. Si esa fue una buena solución para el profeta, también lo será para nosotros.
Aquella noche, en su alcoba, el emir y su esposa discutieron el problema. Su esposa se mostró de acuerdo con el visir.
—Sé que deseáis un hijo —dijo ella—, pero creo que eso queda fuera de nuestras posibilidades. La situación es catastrófica. Corren rumores entre nuestros súbditos. Todos se preguntan qué sucederá cuando ascendáis a los cielos, quién dirigirá nuestras tribus. Creo que tal vez a alguien se le ocurrirá plantear esa pregunta antes de lo que imagináis.
—Los mataré —gritó el emir—. Los destruiré. ¿Quién se atreve a cuestionar la vida que he elegido?
—Calmaos y sed razonable. Podéis mantener relaciones con Fátima hasta que quede encinta. Es guapa, agradable y está disponible. Podemos tener un hijo a través de ella.
—Pues creo que no podré.
Su esposa se puso de pie con una sonrisa en los labios.
—No os preocupéis, esposo mío. Yo estaré presente y haré eso que tanto os complace. Llamaré a Fátima y le informaremos de nuestros deseos. Fijemos una cita para el miércoles por la noche, que habrá luna llena.
Cuando Fátima se enteró del plan, no vaciló.
—Siempre estaré a vuestro servicio —dijo la esclava—. Sin embargo, si el emir desea tener un hijo con su esposa existe otra forma de conseguirlo. Conozco a una mujer que vive en mi ciudad natal, Alejandría. Su nombre es Bast, y sus poderes no tienen parangón. Desciende directamente por la línea femenina de la propia Anjara, la curandera de Cleopatra y guardiana de los áspides. Si se le entrega un mechón del cabello de mi señora, sabrá por qué no ha tenido un hijo varón y os proporcionará el remedio adecuado. Nunca falla.
—¡Asombroso! —exclamó el emir—. ¡Os envía el cielo, querida Fátima! Debemos ir a buscar a esta curandera inmediatamente.
Fátima negó con la cabeza.
—Oh, no, mi señor. Una curandera nunca puede abandonar su hogar. De ahí procede su magia. Si la arrancáramos de su tierra no nos sería de utilidad alguna. Una curandera puede viajar, buscar, pero en última instancia, si desea hacer uso de todos sus poderes, no puede alejarse mucho de su casa. Yo podría viajar hasta ella con un mechón del cabello de mi señora y volver con el remedio.
—Entonces ve —dijo la esposa del emir.
Y él añadió:
—Y que Dios te guíe e ilumine tu camino.
 
 
 
 
Me sentía forastero en mi propia piel. La duda, ese topo ciego, socavaba mi columna vertebral. Apoyé la espalda en el asiento del coche, observé el barrio y sentí cómo la sangre me latía en las venas de los brazos. Oía un suave gorgoteo, pero no sabía si procedía de la fuente o de una tubería rota. Hace mucho tiempo hubo una fuente de mármol en el vestíbulo del edificio, pero ya había dejado de existir.
Era un turista en una tierra extraña. Estaba en casa.
No había mucha gente por los alrededores. Un anciano sentado con desgana en un taburete cuya superficie era de suave hilo trenzado. Su cabello blanco aparecía alborotado, casi como si hubiera apoyado las manos en una bola estática. Su figura encajaba en el entorno, uno de los escasos barrios de Beirut donde aún quedaban vestigios del desastre de la guerra.
—Ese edificio era nuestro —le dije, porque necesitaba decir algo. Con un leve movimiento de cabeza señalé la entrada, cavernosa y sin fuente, ahora totalmente descubierta. Me percaté de que no me miraba: sus ojos estaban puestos en mi coche, el sedán BMW negro de mi padre.
La calle se había convertido en un camino lodoso. El barrio quedaba alejado de las vías principales. Ya entonces el tráfico era escaso; al parecer ahora aún lo era más. Se oía el zumbido de una hormigonera. Había dos edificios en plena construcción; los viejos inmuebles se desplomaban con pocas esperanzas de resucitar.
Mi edificio parecía abandonado. Sabía que no era así —había albergado a ocupas y refugiados desde que nos marchamos, durante los primeros años de la guerra civil—, pero ahora mismo resultaba impensable que alguien viviera allí.
Escuchad. Viví aquí hace veintiséis años.
Al otro lado de la calle, frente a nuestra casa, había un inmenso jardín vallado con una verja de lanzas intrincadas. Ya no era un jardín, y desde luego la verja ya no estaba. Diseminados entre montañas de basura se veían cascotes metálicos, pilas de escombros, pedazos de baldosas. Un gigantesco rododendro blanco crecía en mitad de aquel vertedero. Dos begonias, una blanca y otra roja, habían florecido delante de un edificio de tres pisos de nueva construcción, con un aspecto extraño: sin cráter, sin orificios de bala, sin ningún árbol creciendo en su interior. Las begonias, las gloriosas begonias, parecían estallar en cada rama: no quedaba ningún brote por abrir. Florecía la vida, pero con un color apagado. El rojo… el rojo no era el mismo. Era demasiado pálido para mi gusto. Los rojos de mi Beirut, la ciudad que yo recordaba, eran más salvajes, más primarios. Los colores eran mejores, más intensos, más vivos.
Un trabajador sirio pasó por allí: intentó esquivar los charcos de la calle y sus ojos evitaron mirarme. Estábamos en febrero de 2003, habían pasado más de doce años desde el final de la guerra civil, y sin embargo la construcción en el barrio seguía retrasada. La mayor parte de Beirut había sido reconstruida, pero esta zona aún parecía derruida y decrépita.
Había una Virgen María en un altar.
En la fachada de nuestro edificio había un caja acristalada, un altar
cerrado de cemento y ladrillo, coronado con losas de mármol italiano en forma de A, un Joseph Cornell católico. En su interior se hallaba una benevolente Virgen María, un inquisitivo san Antonio, un rosario de coral, tres velas finas, pétalos de dalias y rosas, y una foto de Santa Claus clavada en un fondo de espuma blanca.
¿Cuándo había surgido ese objeto extraño? ¿Estaba allí la Virgen cuando yo era niño?
No debería haber venido aquí. Se suponía que debía recoger a Fátima antes de ir al hospital a ver a mi padre, pero sin darme cuenta me encontré de camino hacia el viejo barrio como si viajara en un camión de juguete que se mueve a merced de un niño caprichoso. Mi viaje a Beirut tenía como fin pasar el Eid al-Adha con mi familia y me sorprendió enterarme de que mi padre estaba ingresado en el hospital. Y sin embargo, en lugar de estar con ellos había acabado allí: perplejo y asombrado
ante mi antiguo hogar, inmerso en el pasado.
De nuestro edificio salió una joven con unos tejanos ceñidos y un suéter blanco muy corto. Llevaba apuntes y un libro de texto. Quise preguntarle en qué piso vivían ella y su familia. Saltaba a la vista que no residían en el segundo; una higuera había crecido en él. Ese tenía que haber sido el piso de tío Halim.
El inmueble era propiedad de mi familia, mi padre y sus hermanos, que ocupaban cinco de los doce pisos. Mi tía Samia y los suyos vivían en el ático de la sexta planta. Mi padre poseía uno de los pisos de la cuarta planta y el tío Yihad el otro. Uno de los pisos de la quinta planta pertenecía al tío Wayih, y el tío Halim tenía otro en la segunda, donde ahora asomaba la higuera, supongo. El piso de la planta baja pertenecía al portero, cuyo hijo Elie se convirtió en líder de la milicia en la adolescencia y mató a unas cuantas personas durante la guerra civil.
La fuente de la fortuna familiar estaba en nuestro concesionario de coches, al-Jarrat Corporation, que se hallaba bastante cerca de casa, en la calle principal. Los libaneses no saben qué es la ironía. Nadie prestaba atención a los detalles. Nadie veía raro que un concesionario de coches y la familia que lo regentaba tuvieran un nombre que significaba «exagerado», «marrullero», «mentiroso».
La joven pasó por delante de nosotros pavoneándose con indiferencia,
los ojos ocultos detrás de unas gafas de sol baratas. El anciano se incorporó al verla.
—¿No crees que esos pantalones son demasiado ajustados? —preguntó él.
—Que te den, tío —replicó ella.
Él se inclinó hacia delante. Ella siguió andando.
—Ya nadie escucha —dijo él en voz baja.
 
 
 
 
No sabría deciros cuándo fue la última vez que vi el barrio, pero recuerdo a la perfección el último día que vivimos aquí, porque se trató de una partida precipitada, tumultuosa, y porque ese día mi padre se reveló como una especie de héroe. Febrero de 1977. La guerra que llevaba un par de años disputándose había llegado por fin a nuestro barrio. Antes, durante los violentos veintiún meses previos, el garaje subterráneo del edificio había resultado ser, al igual que sus homólogos del resto de la ciudad, un refugio de lo más adecuado. Pero luego las milicias habían empezado a asentarse demasiado cerca. La familia, aquellos que aún seguíamos allí, debía buscar refugio en las montañas.
Mi madre, que siempre llevaba la voz cantante en situaciones de emergencia, nos repartió entre cuatro coches: yo iba en el suyo, mi hermana en el de mi padre, el tío Halim y dos de sus hijas viajaban con el tío Yihad, y la esposa del tío Halim, la tía Nazek, iba en su propio coche con su tercera hija, May. En los maleteros se amontonaban los enseres de las tres casas. Nos fuimos por separado, dejando cinco minutos de intervalo entre coche y coche para no formar una comitiva que podría ser aniquilada por un misil perdido o una bomba deliberada. El punto de encuentro era una iglesia que se hallaba en la montaña, a diez minutos de Beirut.
Mi madre y yo fuimos los primeros en llegar. Aunque había conseguido inmunizarme al ruido de las bombas, cuando nos paramos mi asiento estaba empapado. A los pocos minutos, como si quisiera anunciar la llegada del tío Yihad, Beirut volvió a estallar en una cacofonía salvaje. Contemplamos la locura que se extendía a nuestros pies y aguardamos nerviosos a que llegaran los otros dos coches. Mi madre se aferraba con fuerza al volante. Mi padre fue el siguiente en llegar, y dado que se suponía que había sido el último en salir, eso significaba que a la tía Nazek le había pasado algo.
Mi padre no se apeó del coche, no nos dijo nada. Hizo bajar a mi hermana, dio media vuelta y regresó colina abajo, hacia la locura. Aterrada, con los ojos empañados, mi hermana se quedó en un rincón viendo cómo el coche de mi padre se sumergía en el fuego de Beirut. Mi madre quería seguirle, pero estaba yo en el coche.
—Baja —me gritó—. Tengo que ir tras él. Conduzco mejor.
Yo estaba demasiado asustado para moverme. Luego mi hermana se sentó a mi lado y ya fue demasiado tarde para seguirlo.
Tuvimos suerte. El coche de la tía Nazek se había estropeado al llegar a la primera pendiente. Como ciudadana cívica que era y a pesar de que no pasaba nadie más por la carretera, ella había aparcado el coche en la cuneta. Mi padre no la había visto al pasar. Las encontró; mi prima May subió de un salto a su coche, pero ambos tuvieron que esperar a que la tía Nazek recordara dónde había guardado todos sus objetos de valor. Nos las devolvió sanas y salvas, pero en el camino de regreso una bomba cayó a unos cincuenta metros del coche: un trozo de metralla saltó hacia el parabrisas y se incrustó en él. Nadie resultó herido, aunque tanto la tía Nazek como May estuvieron sin habla durante un rato, pues se les había secado la garganta de tanto gritar.
Mi prima May dijo que mi padre también había gritado cuando la metralla chocó contra el parabrisas, que emitió un agudo de tenor. Pero tanto mi padre como la tía Nazek lo negaron.
—Ha sido un héroe —decía mi tía—. Un héroe de verdad.
—No fue heroísmo —decía mi padre—, sino más bien un acto de cobardía. Si no hubiera vuelto a buscar a su mujer, nunca podría haber mirado a mi hermano a la cara.
Habían pasado veintiséis años desde aquel día.
 
 
 
 
Fátima esperaba a las puertas del edificio, que estaba recubierto de pies a cabeza de mármol negro, una de las nuevas fachadas que han surgido en el Beirut moderno. Como si quisiera compensar a sus ciudadanos por los pocos barrios que no habían sido mejorados desde la guerra, Beirut se había revestido de negro. En cada esquina de la ciudad se alzaban solemnes rascacielos, nouveau riche y bétonné.
—Lamento el retraso —dije, sonriendo. Solía ser capaz de predecir su reacción, ya que era una antigua amiga y confidente. Me iba a llevar una reprimenda dijera lo que dijese.
—Baja del puto coche. —Ella no se dirigió al asiento del copiloto, sino que permaneció con los brazos en jarras. Su bolso verde azulado le colgaba de la muñeca hasta casi las rodillas. Iba vestida para llamar la atención: todo en ella brillaba, y el anillo de su mano izquierda atraía las miradas a distancia: una esmeralda madre de forma hexagonal rodeada de sus seis retoños—. ¿Hace cuatro meses que no me ves y me saludas así?
Bajé del coche y ella me abrazó, inundándome con su perfume y con sus besos.
—Mucho mejor —añadió—. Ahora, vamos.
En la primera señal de tráfico ella bajó el espejito de la visera y se examinó la cara.
—Tienes que ayudarme con Lina. —Sus palabras sonaban raras, su boca distorsionada por los intentos de repasar la línea de los labios—. Se pasa las noches en la butaca de la habitación del hospital. Como de costumbre tu hermana no atiende a razones. Quiero relevarla, pero no me deja.
No contesté. Dudaba que ella esperara respuesta. Ambos comprendíamos que mi padre nunca dejaría que le cuidara otra persona aparte de mi hermana y que le aterraba la idea de pasar una noche solo. Tenía pesadillas en las que moría solo y abandonado en una habitación de hospital.
—Cuando lleguemos —prosiguió—, besa a todo el mundo y vete directo a su habitación. No creo que haya mucha gente, pero no dejes que el resto de la familia te demore. Ya me ocuparé yo de las visitas en tu lugar. Se ofenderá si no entras enseguida a verle.
—No hace falta que me lo digas, querida —le dije—. Es mi padre, no el tuyo.
 
 
 
 
Fátima salió de la ciudad verde en una pequeña caravana, seguida de una comitiva formada por cinco de los soldados más valientes del emir y por Yawad, uno de los mozos de los establos. Entendía que Yawad era necesario —alguien tendría que cuidar de los caballos y los camellos—, pero se preguntaba para qué iban a servirle los soldados.
—¿No crees que necesitamos protección? —preguntó Yawad al iniciar el viaje.
—No —dijo ella—. Puedo enfrentarme sola con unos cuantos bandoleros, y si nos atacara una banda numerosa, cinco hombres tampoco servirán de mucho. Al contrario, su presencia puede atraer la atención de las bandas de maleantes. —Palpó los cincuenta dinares del emir que se había guardado en el busto—. Tú y yo solos pasaríamos mucho más desapercibidos. Pero bueno, ahora ya no hay nada que hacer. Estamos en manos de Dios.
Y tal y como había predicho Fátima, la cuarta tarde, cuando se hallaban en mitad del desierto del Sinaí, antes de que el sol se hubiera puesto por completo, el grupo fue asaltado. Veinte beduinos mataron a los soldados. Como encontraron pocas cosas de valor entre sus pertenencias, los captores decidieron repartir el botín humano de manera equitativa: diez tendrían a Fátima, y diez podrían abusar de Yawad.
Fátima se rió.
—¿Qué sois: hombres o niños? —Dio un paso adelante, dejando atrás a un Yawad visiblemente azorado—. ¿Tenéis la oportunidad de recibir placer de mí y os conformáis con este mozalbete?
—Calla, mujer —ordenó el jefe—. El reparto debe ser equitativo. No podemos arriesgarnos a que se produzcan luchas entre nosotros. Da las gracias. Si tuvieras que tratar con los veinte no podrías resistirlo.
Fátima se rió y se volvió hacia Yawad.
—Estas ratas del desierto no me conocen. —Se quitó el turbante y una abundante cabellera negra enmarcó su cara—. Estos niños de las tierras yermas no se han enterado de mis hazañas. —Desprendió la diadema de monedas de oro que le rodeaba la frente—. Creen que veinte críos serían demasiados para mí. —Se despojó del abayeh y, exhibiendo su voluptuosa silueta, se plantó delante de los beduinos con su vestido de seda azul y oro—. Cuidado —dijo—. Soy Fátima, encantadora de
hombres, hechicera de los cielos. Mirad cómo la luna llama a sus nubes; mirad cómo se oculta tras su cortina; ved cómo se esconde avergonzada, pues no se atreve a mostrarse cuando descubro mi cara. ¿Acaso creéis que unos simples peones vais a agotarme a mí, a Fátima? —Levantó las manos hacia la luna evanescente—. ¿Pensáis que siendo solo veinte podréis satisfacer a Fátima, la domadora de Afreet-Yehanam? —Miró a los hombres—. Temblad.
—¿Afreet-Yehanam? —gritó el cabecilla—. ¿Conquistaste al poderoso yinni?
—Afreet-Yehanam es mi amante. No es más que mi juguete. Hace lo que le ordeno.
—La quiero a ella. Me niego a conformarme con el chico. Tenemos que redistribuir el botín. El reparto no es bueno.
—No —replicó el cabecilla—. No podemos permitir que todos consigan lo que quieren. Los árabes no hacemos las cosas así. Ya se ha tomado una decisión.
—También yo quiero a la mujer —exclamó otro hombre—. No puedes quedártela para ti y darnos a este crío desamparado.
Hubo una discusión. Todos querían a Fátima, a excepción de un hombre, Jayal, que seguía diciendo que prefería al chico a cualquiera que quisiera escucharle. Pero nadie le hacía caso. Los nueve hombres a quienes les habían asignado a Yawad pero querían a Fátima se pusieron lívidos. Con reglas o sin ellas, los habían engañado. No tenían ni idea de que Fátima poseyera tanto talento. Los habían timado y reclamaban la parte que les correspondía. Cualquier idiota podía ver que el reparto de bienes no se había realizado de forma equitativa. Se trazaron líneas de batalla, los hombres desenvainaron las espadas. En poco tiempo los diez mataron a los nueve.
—Creo que el chico es encantador —dijo Jayal.
Veinte ojos lujuriosos contemplaron a Fátima.
—Vale, vale, chicos —dijo ella con coquetería—. ¿Era necesario todo esto?
—Ha llegado la hora, Sitt Fátima —dijo el cabecilla—. Estamos listos.
—Vosotros sí, pero yo no. Debo decidir quién será el primero. El primer amante es muy importante. Marcará la pauta de lo que me espera. ¿Debería ir con el que tiene el pene más grande? Eso me gusta, pero a veces el poseedor del pene más grande es también el peor amante y eso me obligaría a esforzarme más. Y debería ser una diversión, no un trabajo. ¿Quién de vosotros tiene el pene más pequeño? Un hombre poco dotado se mostrará más ansioso por complacerme, pero por otro lado, por
mucho que se empalme, no resulta tan satisfactorio. La elección del primer amante no es asunto baladí. Hay que tener en cuenta muchas cosas.
El cabecilla parecía a punto de echar humo.
—No hay nada que tener en cuenta. Yo voy primero. Soy el mejor amante, y el resto puede ir turnándose cuando yo esté saciado.
—No eres el mejor amante —replicó otro bandolero—. Si lo fueras, tu esposa no saldría de casa a altas horas de la noche.
Esas fueron las últimas palabras que pronunció el hombre. El cabecilla desenvainó la espada y le cortó la cabeza.
—No deberías haberlo matado —gritó otro—. No es justo que seas el primero. Deberíamos dejar que decidiera Sitt Fátima. Ella es la experta, no tú. Ella debería decidir el orden. Puesto que soy quien tiene el pene más grande, creo que debería empezar por mí.
—El tuyo no es el más grande —arguyó otro—. Es el mío. Mira, Sitt Fátima. El mío es el más grande —dijo, levantándose la túnica—, y te prometo que no soy un mal amante. Elígeme.
—Quita esa cosita de mi vista —ordenó el cabecilla—. Yo mando aquí, y seré el primero.
—Lo que cuenta es el grosor, no la longitud.
—A mí dejadme al chico. Yo solo quiero al chico.
—Tu miembro no es más grande que un dedal.
—Ya puedes ir retirando eso. Admite que el mío es más grande que el tuyo o prepárate a morir.
Y los hombres emprendieron una lucha a muerte. Al final solo quedaban dos hombres en pie: el cabecilla y el que prefería al chico, que se había mantenido al margen de la reyerta.
—El mejor de entre los hombres la espera, señora. —El cabecilla zureaba como una paloma—. Empecemos.
—Empecemos —dijo ella—. Desnúdate y enséñame mi premio.
—Ven conmigo —dijo él, en cuanto estuvo desnudo—. Mira. De verdad que tengo el pene más grande.
—No —dijo Fátima—. El mío es más grande.
Y de debajo del vestido sacó un cuchillo con el que le cortó el pene y lo degolló.
—Recógelo todo y vuelve a guardarlo en la caravana —ordenó Fátima a Yawad—. Aún nos queda un trecho por recorrer hasta que se haga de noche. Coge los caballos de estos hombres muertos. Yo registraré sus cosas. Saldremos de este bosque árido más ricos de lo que llegamos.
—¿Y qué hacemos con este hombre? —Yawad señaló a su admirador.
—Con su permiso, me gustaría invitar al chico a mi tienda —dijo Jayal.
—El chico no es ni un cautivo ni un esclavo —dijo Fátima—. Dado que posee voluntad propia, deberás convencerle, persuadirle de que te acompañe a tu tienda. Disponemos de siete noches antes de llegar a Alejandría, mi ciudad natal. Tienes, por tanto, siete noches para seducirle. Puedes empezar mañana.
Fátima miró al cielo y a sus estrellas, y dio las gracias a la luna por su ayuda. Y Fátima, Yawad y Jayal partieron con sus numerosos caballos, camellos y mulas, al amparo de la noche.



Rabih Alameddine
Sobre el autor:
Rabih Alameddine llegó a América cuando tenía 17 años para estudiar. “En nuestra parte del mundo, existen sólo dos profesiones: ingeniero o doctor”, dice. Abandonó la medicina porque le temblaban las manos. Así que se licenció en Ingeniería en la Universidad de California. Esa tampoco fue una buena elección. “Me encantaban los problemas sobre el papel y era bueno en matemáticas pero, a pesar de ser un ingeniero mecánico, no me interesaba cómo funcionaba un coche.”

Regresó a la universidad para estudiar un MBA: otro error. Cuando ya estaba matriculado de una tercera carrera (Psicología Clínica), empezó a pintar. Realizó 270 retratos de su propia cara, que se expusieron en algunas galerías. Pero Alameddine se dio cuenta de que mucha gente que conocía pintaba mucho mejor que él.

Un día, cuando ya estaba cansado y deprimido, se sentó y empezó a escribir una novela, Koolaids: The art of war, que fue publicada hace diez años. Desde entonces, Alameddine ha publicado otra novela I, the Divine y una recopilación de relatos llamada The Perv. Después de ocho años de intenso trabajo, nos presenta El contador de historias. Sin duda, un gran acierto. 




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