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El aguerrido Islam PDF Imprimir E-Mail


Por Martín Lo Coco

El Islam no es sólo una religión, sino un complejo cultural todoabarcante, que da al creyente un sustento religioso, social, político y cultural. Mohamed, no fue sólo profeta, sino también y a la par, el líder político de su pueblo. Las impresionantes victorias que los árabes musulmanes tuvieron durante el primer siglo después a la Hégira, ampliaba las fronteras de la “verdadera religión”, aquella que venía a encauzar los desvíos del judaísmo y el cristianismo. Solo Dios poseía la fuerza suficiente para llevar a cabo semejante hazaña. Cada batalla ganada, confirmaba, a los adherentes al nuevo credo, que Allah estaba con ellos. Religión y guerra parecían, desde el principio, tratarse de dos caras de una misma moneda.
El presente trabajo introduce al lector al carácter belicoso que ha tenido el Islam desde sus comienzos. Esboza luego el tan manoseado pero a la vez mal comprendido concepto de yihad y explica en qué medida tal creencia puede ser considerada un permiso religioso para el desarrollo de actividades militares. Finalmente, y ligado con ello, explica brevemente las diferencias conceptuales entre las dos principales ramas del Islam, el sunnismo y la shía, y como sus divergencias las acercan o alejan del terrorismo internacional.
 
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“La mayoría de los musulmanes no son fundamentalistas, y la mayoría de los fundamentalistas no son terroristas,
pero la mayoría de los terroristas actuales son musulmanes, y se identifican orgullosamente como tales.”[1]
Bernard Lewis
 
Origen beligerante del Islam
 
Desde el punto de vista doctrinal, tal vez no exista otra religión más allegada a nuestro legado judeocristiano que el Islam. Pero una rápida mirada a su historia inicial nos revelaría grandes diferencias. Si tanto el judaísmo como el cristianismo nacieron como religiones minoritarias, perseguidas por el poder de turno, y destinadas a acrecentar sus huestes en el exilio (hasta el punto que se suele hablar de ellas como de “religiones occidentales”, perdiendo de vista sus orígenes), la religión del profeta desarrolló desde sus inicios una de las más impresionantes expansiones geográfico religiosas que ha tenido lugar en la historia de la humanidad.
 
Así, “mientras los imperios bizantino y persa combatieron hasta el agotamiento y la decadencia, la rezagada Arabia, situada entre los adversarios, pero protegida por su aridez y pobreza, preparó una de las grandes explosiones de la historia. En el año 633, bajo la bandera unificadora del profeta, surgieron recios guerreros árabes de su tierra cálida y seca y trataron de alcanzar la buena vida de sus vecinos. A sus espaldas quedaba una península cercada en un tercio por dunas de arena, sin un solo arroyo que fluyera todo el año; el señuelo que tenían ante sí era irresistible: botín para los que vivieran, el paraíso para los que murieran combatiendo al infiel. Al cabo de 100 años, este pueblo fanático, individualista, había forjado un imperio que se extendía desde España hasta la India.”[2]
 
Esta discrepancia histórica dejó una fuerte tonalidad en las tres religiones monoteístas. Toda vez que el judaísmo se auto concibió (y lo sigue haciendo) como un pueblo perseguido, alzando barreras defensivas (materiales o ideológicas) contra el mundo circundante; toda vez que el cristianismo desarrolló una imagen dolorida de su fundador, el siervo sufriente que cuando era golpeado en una mejilla, dócilmente ofrecía la otra a su adversario; los musulmanes se entendieron a sí mismos como el ejército triunfante del único Dios, cuya victoria religiosa, pero también política y militar, era prueba fehaciente del apoyo divino.
 
Efectivamente, la cristiandad occidental y el mundo islámico no han tenido más clara divergencia que en lo que respecta a la forma de entender la relación entre gobierno, religión y sociedad. Teniendo por base las palabras de Cristo al afirmar que el Reino de los Cielos no tenía solución de continuidad con éste reino terrestre, o al predicar que era menester dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”[3], la iglesia cristiana ha llevado una larga historia de luchas entre la separación y el encuentro del orden político y el religioso. Mas en el caso del Islam, el profeta se convirtió no sólo en el transmisor de la palabra divina, sino en el mismo Jefe de Estado, y desde entonces para sus seguidores la distinción entre los poderes político y religioso les resulta ajena.
 
Parece claro bajo esta última noción, que un dictamen coránico tal como el de llevar a cabo el yihad pueda ser entendido por algunos, bajo un aspecto netamente religioso (como la lucha interna que lleva a cabo el creyente a fin de destruir en él cualquier vestigio de duda), y por otros, bajo una acepción política, la guerra santa, la necesidad de acabar con el enemigo pagano. Esta última ha tomado en el pasado la forma de conversiones forzadas a punta de espada, mientras que en la actualidad ha desembocado en enfrentamientos armados, muchos de ellos de índole convencional, pero otros tantos, y cada vez con mayor frecuencia, de carácter no convencional: las técnicas de lucha desigual que conocemos comúnmente con el nombre de terrorismo.
 
 
Yihad y Guerra Santa
 
¿Brinda, el Islam, bases ideológicas-religiosas para la actividad terrorista? Para responder a esta pregunta deberemos empezar a diferenciar los usualmente equiparados términos de Yihad y Guerra Santa.
 
Desde su acepción etimológica, el término yihad significa “esfuerzo”, “empeño”. Esta obligación religiosa tiene una dimensión personal y otra comunitaria. La supremacía de la primera sobre la segunda está implícita en su nombre: el Gran Esfuerzo (yihad kabir), aquel que tiene por meta la eliminación del infiel dentro de uno. Es también conocida como “yihad del corazón”, lo cual alude a un trabajo interior, pero a la vez pareciera indicar el quid del asunto, el “corazón del yihad”. Así lo entiende, en la actualidad, la gran mayoría de la población musulmana. Ella adhiere a esta noción personal del término, y en su defensa no duda en hacer uso de citas coránicas o dichos de la vida del profeta que resultan unívocos de tal sentido, o incluso que, de manera negativa, rechazan una concepción belicosa del esfuerzo religioso, como aquella que dice que:
 
No cabe coacción en religión. La buena dirección se distingue claramente del descarrío[4]
 
De hecho, puede ponerse en duda la comúnmente creencia de que el Islam es religiosamente intolerante al afirmar que el término que los árabes utilizan para hablar de “religión” es din, un sustantivo para el cuál existe un plural. “El Islam, desde sus comienzos, percibe a la religión como una categoría, como un tipo de fenómeno [...] Desde el principio, el Islam reconoció que tenía predecesores y que, algunos, habían sobrevivido a su llegada y eran además contemporáneos. [...] Este pluralismo forma parte de la Ley Sagrada del Islam, y estas normas son en muchos puntos detalladas y específicas. A diferencia del judaísmo y del cristianismo, el Islam afronta directamente la cuestión de la tolerancia religiosa y establece tanto la extensión como los límites que debe otorgarse a los demás credos religiosos”[5]. Baste recordar que durante los años de la Inquisición, las tierras musulmanas cobijaron a las víctimas de la persecución cristiana, se traten estas de judíos o de cristianos cismáticos.
 
Pero seríamos poco ecuánimes si no dijéramos que el Islam ha sabido también abrazar aquella otra concepción del yihad que nombramos al principio de este capítulo, a saber: su sentido comunitario. Se trata del yihad saguir, el “esfuerzo comunitario”, según el cuál los muyaijínes (literalmente “los que hacen la yihad”), cargan sobre sus hombros la responsabilidad de la defensa de la comunidad en tiempo de guerra, y la promesa de Allah de otorgarles una lugar en el paraíso si murieran en batalla. Esta visión militar del término también tiene larga data y está ampliamente difundida en las mismas páginas del Corán.
 
Citemos por ejemplo, la sura 4 aleya 95 del texto sagrado:
 
Los creyentes que se quedan en casa, sin estar impedidos, no son iguales que los que combaten por Alá con su hacienda y sus personas. Alá ha puesto a los que combaten con su hacienda y sus personas por encima de los que se quedan en casa. A todos, sin embargo, ha prometido Alá lo mejor, pero Alá ha distinguido a los combatientes por encima de quienes se quedan en casa con un una magnífica recompensa
 
“Así, el yihad es una obligación religiosa. Al comentar la obligación de la guerra santa, los juristas musulmanes clásicos distinguen entre guerra ofensiva y defensiva. En la ofensiva, el yihad es una obligación de la comunidad musulmana en su conjunto, y por lo tanto pueden cumplirla tanto voluntarios como profesionales. En una guerra defensiva, se convierte en obligación para todos los individuos sanos. Es este principio al que Osama bin Laden invocó en su declaración de guerra contra Estados Unidos.”[6], y con mucho tino, en tanto que, desde 1918, cuando cayó el sultanato otomano (el último de los grandes imperios musulmanes) el Islam no ha podido más que defenderse de la agresión occidental. De hecho, debemos a este carácter puramente defensivo, pero sobre todo, a su simple y lógico motivo: la terrible desproporción de fuerzas entre Occidente y el mundo musulmán, la razón de la elección actual, por parte de éste último, de métodos terroristas.
 
Sin embargo, la justificación religiosa del terrorismo internacional dentro de la doctrina musulmana tropieza con una serie de obstáculos que obligan a una lectura muy subjetiva de su ley. No podemos aquí, por cuestiones de espacio, extendernos más al respecto, pero a manera de ejemplo digamos que, la figura actual del terrorista suicida asume un riesgo terrible desde el punto de vista teológico, pues, según la visión musulmana, el suicidio “es un pecado mortal y merece la condena eterna, incluso para aquellos que de otro modo se habrían ganado un lugar en el paraíso. Los juristas clásicos distinguen claramente entre afrontar una muerte segura a manos del enemigo y matarse con las propias manos. Lo primero conduce al cielo; lo segundo, al infierno”[7].
 
Aún así, y según hemos visto, la característica innatamente belicosa del pueblo musulmán, encuentra sustento en su Ley Sagrada. En otras palabras, no es equivocado hablar del yihad, como sinónimo de Guerra Santa, toda vez que seamos conscientes al hacerlo que nos estamos refiriendo tan sólo a un aspecto de este “esfuerzo” religioso.
 
Por supuesto que la guerra librada por motivaciones y designios de índole religiosos no es monopolio del Islam. Las cruzadas no fueron sino la versión cristiana de tal actividad.
 
 
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Musulmanes defendiéndose del ataque de los cruzados
 
 
 
Pero en este caso sólo comprendió un período específico de tiempo en la historia del cristianismo, y sobre todo: no se encuentra dentro de sus valores básicos, sino más bien es tomada como un desvío. De hecho, el término cruzada se utiliza en la actualidad, dentro del mundo cristiano, para aludir a una campaña realizada en pos de una buena causa social, pero perdiendo el sentido religioso en que nació. En el Islam, el yihad tiene diferentes acepciones, uno de los cuales es el de carácter bélico, el de Guerra Santa, que surgió en tiempos del profeta, y sigue vigente en la actualidad.
 
 
 
La distinción sunní-chií
 
El concepto de yihad que analizamos en el apartado anterior no posee el mismo grado de importancia dentro del sunnismo o del shiísmo, las dos formas doctrinales más importantes que presenta el mundo islámico. De allí la importancia, a los fines de este trabajo, de comprender la distinción entre ambas.
 
La división comenzó siendo sociopolítica, para recién mucho más tarde forjar doctrinas que avalaran su posición[8]. El quid de la misma fue la necesidad, tras la muerte del profeta, de encontrar un sucesor (“kalifa” en árabe). ¿Debía ser éste de la sangre del profeta y designado por él, o, por el contrario, debía prevalecer la ley tribal, según la cual los jefes del clan al cuál pertenecía el profeta deberían elegir por votación al hombre más apto, entre ellos, para dirigir al pueblo?
 
La antigua ley tribal prevaleció sobre el designio coránico y de ese modo los partidarios (en árabe “shiíes”) de la opción desestimada pasaron a constituir el grupo minoritario del mundo islámico, mientras que los vencedores, los más tarde llamados sunnitas establecieron la forma mayoritaria y, por tanto, ortodoxa.
 
Siendo el Islam una religión que se sabe precedida por las otras dos “religiones del Libro” (el judaísmo y el cristianismo), se autoconcibieron como rectificadores de éstas, en tanto que ellas nacieron puras pero fueron luego malinterpretadas por los hombres. Los patriarcas del Antiguo Testamento, y el mismo Jesús, son confirmados como profetas dentro del Islam. Siendo Mohamed el último de esta serie, el que pone el “sello” al ciclo de las profecías.
 
Pero las opiniones respecto al siguiente ciclo son divergentes entre chiítas y sunitas. Los primeros afirman que tras la muerte del Profeta comenzó “el ciclo de los amigos de Dios, los amados de Dios, que evoca, ante todo, la función introductoria del imam (...) La palabra árabe imam significa ´el que está adelante, el muestra la vía” (...) con el sentido de ´guía de los creyentes´ se aplica al jefe de la comunidad con una fuerte connotación religiosa, pues para los shiíes, la misión profética de Mahoma se prolonga en el imamato, cuyo titular es impecable e infalibe”[9]. Los sunnitas en cambio a fin de validar su postura sucesoria negaron la autoridad religiosa del gobernante. Para ellos, el tiempo revelatorio había finalizado, los gobernantes solo cumplían un papel terrenal a la espera del Juicio Final.
 
Esta distinción tiene relevancia en cuanto a la modificación de la Ley Sagrada. Para los chiítas es algo factible, pues el Imam o el Ayatollah (“signo de Dios”) por su conocimiento directo de la esencia divina, pueden crear nuevas reglas según Allah. Para los sunníes en cambio, la falta de tal figura intermediadora entre Dios y los hombres, los obliga a negar cualquier innovación en la reglamentación, y a atenerse a la literalidad del Corán y las tradiciones (en árabe “sunnas”, de allí el nombre de esta corriente) del Profeta.
 
Al mando del Imam o el Ayatollah, los chiíes en su minoridad se han profesado los defensores del “verdadero Islam”. El pueblo persa, quién al contrario de la gran mayoría de los pueblos conquistados por el Islam conservó su idioma frente al árabe, y siempre se consideró culturalmente superior a los habitantes de la península arábiga, adoptó el shiísmo como forma de separación del arabismo triunfante. Se trata de un movimiento que los filósofos de la historia destacan entre los recién convertidos a una fe. Así, la inclinación a adoptar una forma herejética o heterodoxa del credo nuclear, materializa tanto la admiración como el odio hacia los conquistadores.[10]
 
La shía comprende hoy tan sólo un 10-15 % de la población musulmana mundial. Su condición histórica de grupo minoritario, conjuntamente con una serie de sucesos trágicos a lo largo de su historia (asesinato de Alí, a quien consideraban el primer sucesor del Profeta, y de sus hijos) que se han terminado plasmando en ciertos ritos recordatorios periódicos, la ha dotado de un carácter de mártir. Desde su óptica, la “verdadera fe” ha sido socavada, y es deber de todo verdadero musulmán luchar por la reinstalación de la misma, sea frente a los infieles occidentales, sea entre los herejes sunníes. Bajo esta descripción se hace evidente las razones e implicancias de la revolución iraní y su intento de propagar la fe a los países vecinos. Se trata, nuevamente, del concepto de yihad.
 
El Islam posee deberes para con Dios y otros para con los hombres. Los deberes para con Dios son comúnmente conocidos como “los cinco pilares”, pues se trata de los fundamentos de la religión musulmana. Estos son la profesión de fe, la plegaria, el ayuno, la limosna y la peregrinación. Con sutiles diferencias, tanto la shía como el Islam sunní comparten esta base. Sin embargo, la shía considera al yihad como un sexto pilar. Esto ha acrecentado la innata forma aguerrida que el Islam tiene, según observamos en el primer apartado de este trabajo, dotando a la shía de una larga historia en el campo del terrorismo. A manera de ejemplo digamos que el término “asesino”, llegó al español derivado de la secta shií de los hashashín, quienes durante la Edad Media se dedicaban al terrorismo selectivo contra rivales políticos[11].
 
Pero como sabemos, el terrorismo no es monopolio del shiísmo. “El éxito [de la revolución] iraní proyectó un efecto de demostración y un modelo a seguir en todo el mundo musulmán. Hubo incluso grupos radicales sunnitas, como la Jihad Islámica, que lo tomaron de ejemplo y mantuvieron relaciones con Irán (...) a los sauditas les interesaba apoyar una jihad sostenida por grupos islamistas sunnitas, pues le permitía plantarse de otro modo frente a Jomeini y sus chiitas, que desafiaban su supremacía en el mundo islámico”.[12]
 
El terrorismo internacional de base islámica parece estar trasladándose de sus bases chiítas, y generalmente de espíritu revolucionario, al integrismo sunnita, usualmente ligado con la lucha por el poder.
 

 
 
Bibliografía
 
AGUS, Jacob B.; La secesión de la cristiandad; en La Evolución del Pensamiento Judío; tr. Roberto Bixio; Editorial Paidós; Buenos Aires; 1969
 
ARKOUND, Mohamed; El pensamiento árabe; tr. José Gonzalo Castaño ; Paidós Orientalia; Barcelona; 1992
 
Biblia de Jerusalén; dr. José Ángel Ubieta; Editorial Española Desclée de Brouwer; Bilbao; 1975
 
El Sagrado Corán; tr. Julio Cortés; Tahrike Tarsile Qur´an Inc.; New York; 1992
 
LEWIS, Bernard; La crisis del Islam; tr. Jorgi Vidal; Ediciones B; Barcelona; 2003
 
LEWIS, Bernard; Las identidades múltiples de Oriente Medio; tr. Alfonso Colodrón Gómez; Siglo Veintiuno de España Editores; Madrid; 2002
 
LOPEZ, Ernesto; El terrorismo internacional de fundamentalismo islámico; en Escritos sobre Terrorismo; Prometeo libros; Buenos Aires; 2003
 
RUMER, Boris; Central Asia. A gathering storm?; M.E.Sharpe; New York; 2002
 
STANGANELLI, Isabel; Las conflictivas fronteras de Asia Central y la “guerra contra el terrorismo”; Ponencia expuesta en el 1º Congreso de Relaciones Internacionales; Universidad de la Plata; La Plata; Noviembre del 2002
 
STANGANELLI, Isabel; Los clanes en Asia Central: una identidad y una institución informal; Trabajo para el Seminario de Postgrado sobre La interrelación espacio-tiempo en la construcción histórica regional: aproximaciones conceptuales, metodológicas y empíricas; Universidad de la Plata – Facultad de Humanidades y Ciencias de la Eduación; La Plata; 2004
 
STEWART, Desmond; El Antiguo Islam; tr. Carmelo Saavedra; Time-Life International; Ámsterdam; 1970
 
VIOTTI, Paul R. y KAUPPI, Mark V.; International Terrorism and Transnational Crime en International Relations and World Politics. Security, Economy, Identity; Prentice Hall; New Jersey; 2001
 



[1] LEWIS, Bernard; “La crisis del Islam”; tr. Jorgi Vidal; Ediciones B; Barcelona; 2003; pág.153
[2] STEWART, Desmond; “El Antiguo Islam”; tr. Carmelo Saavedra; Time-Life International; Ámsterdam; 1970; pág.65
[3] Mt.22,21
[4] Q 2,256
[5] LEWIS, Bernard; Las identidades múltiples de Oriente Medio; tr. Alfonso Colodrón Gómez; Madrid; 2002; págs.115-116
[6] LEWIS, Bernard; La crisis del Islam; op.cit.; pág.53
[7] Ibídem., pág.59
[8] Cf. ARKOUND, Mohamed; El pensamiento árabe; tr. José Gonzalo Castaño ; Paidós Orientalia; Barcelona; 1992; pág. 41
[9] DE VITA, Andrea; Orígenes históricos del pensamiento shií; en Colección Documentos de Trabajo Nº 29; Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales; Buenos Aires; 1998; págs.22-31
[10] Cf. AGUS, Jacob B.; La secesión de la cristiandad; en La Evolución del Pensamiento Judío; tr. Roberto Bixio; Editorial Paidós; Buenos Aires; 1969; pág. 127
[11] Cf. VIOTTI, Paul R. y KAUPPI, Mark V.; International Terrorism and Transnational Crime en International Relations and World Politics. Security, Economy, Identity; Prentice Hall; New Jersey; 2001; pág.251
[12] LOPEZ, Ernesto; El terrorismo internacional de fundamentalismo islámico; en Escritos sobre Terrorismo; Prometeo libros; Buenos Aires; 2003; págs. 117-118
 
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