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Al maestro con cariño
-Mi madre tenía la particularidad de dividir el mundo de manera tajante entre los iluminados y los imbéciles- comenta un gran amigo, escritor y periodista -Sin grises, o eras lo uno o lo otro. Yo acompaño el comentario con mi risa por dos motivos, primero por la intransigencia de la división en sí y, segundo, porque mi madre suele repartir la realidad de la misma manera. Lo más curioso es que un personaje puede oscilar ente un casillero y el otro dependiendo del momento político, del contexto social y finalmente del estado anímico de mi madre por supuesto.
Los que transitamos por el mundo de la cultura, de las letras y del pensamiento, tanto dentro como fuera del claustro académico, sabemos lo difícil que es encontrarse, no digo con un iluminado, ni siquiera con un sabio, sino al menos con una persona que haya dedicado suficiente tiempo a pensarse a sí mismo como para poseer alguna certeza, cuando no una duda reveladora. El nuestro es un mundo de máscaras en el que sí abundan las imposturas, el ego y la soberbia, la verborrea enceguecida y enceguecedora, en fin el más completo catálogo al uso de falacias e inmodestias.
La primera vez que vi a Juan Adot fue cuando ingresé en la carrera de Estudios Orientales. Era un anciano que, de alguna manera, parecía una versión “occidental” de las imágenes que uno tenía vistas de Lao Tse. De barba y bigotes largos, calvo, medio encorvado y siempre cargado de libros, imponía distancia y, sin embargo al pasar a su lado te saludaba con una sonrisa que asemejaba la que uno imaginaría en el pícaro sabio oriental. Enseguida averiguamos que era el profesor de Teología y que, no obstante esto, era el favorito de la mayoría de los alumnos de esa casa de estudios. Mas temprano que tarde, al cursar su materia, descubriríamos que aquella mirada severa era en realidad fruto de la miopía y cierto grado de estrabismo. Adot era una persona de fe, no de fe en una institución tantas veces deplorable en su accionar como la iglesia católica, sino de la más pura fe religiosa, esa que nos arrastra a los agnósticos a sentir melancolía por lo que jamás llegamos a poseer, un sentimiento que, aparte de él, sólo supieron generar en mí algunas composiciones de Bach y Pergolesi con su Stabat Mater.
No necesitaba de juegos de luces ni de trucos de naipes para meterse a los alumnos en el bolsillo. Podía explicar el tema del sacrificio tanto comentando la película de Tarkovski como recordando los pulóveres que le tejía su tía; hablaba de la experiencia religiosa comparándola con una chocolatada, pero fundamentalmente hablaba del amor. Del amor como experiencia fundante del ser, como el vínculo que justifica, hasta psicológicamente, la existencia. Hablaba de la realización del ser pero no con el “Carpe diem” de la sociedad de los poetas muertos, Adot hablaba desde la experiencia. TODOS lloramos de la emoción en sus clases. Era la única materia en la que católicos, judíos, budistas, agnósticos y ateos procurábamos tener asistencia perfecta, porque sentíamos que perdiendo un encuentro corríamos el riesgo de perdernos algo vitalmente importante, más allá de cualquier currícula.
Su amor por la docencia hizo que nunca se alejara de las aulas, no le tenía miedo a la muerte, la consideraba la graduación del ser, el momento en el que una persona culmina su formación. Para muchos de nosotros, sus eternos alumnos, redefinió para siempre la palabra “Maestro”.
Juan Adot egresó con honores el 21 de julio de 2011, dedicamos este número a su memoria inmortal. |
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