| Diario de un Viajero por China (Primera Entrega) |
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Por Martín Lo Coco Lo único que puede observarse de China es su pasado. Lo que hoy alcanzamos a ver es sólo el ayer concretizado. Como la luz de las estrellas, cuando llega a nosotros, nos alumbra con una luz que brilló mucho tiempo atrás. Así es también su pueblo, inmerso en el presente pero con la mirada de los que ya no están. Activo y vívido, aunque con raíces bien hundidas en una tierra ancestral. “ Nuestro Jefe de Redacción, Martín Lo Coco, recién llegado del viaje cultural “China, un Viaje Milenario”, promocionado por la agencia Exprinter, nos relata algunas de las impresiones que volcó en su diario de viaje. Las fotos que acompañan los textos fueron tomadas durante la travesía.
Beijing Desde Buenos Aires se tardan más de 30 horas en llegar a Beijing. La capital de la civilización viva más antigua del mundo es tan lejana que si nos paráramos en el centro de la Plaza de la Puerta Celestial y camináramos desde allí en cualquier dirección, siempre nos estaríamos acercando a la Argentina. El avión nos dejó en un aeropuerto inmenso, tan grande que debimos tomar un tren para retirar nuestro equipaje de las cintas transportadoras. Todo en China es así, gigante, descomunal, superlativo. Tanto que, viendo la arquitectura urbanística a través del visor de nuestras cámaras fotográficas, nos preguntábamos si no eran las lentes la que deformaba los edificios. Las construcciones se alzan cubriendo cualquier grieta que permitiera divisar el horizonte y son tan altas que obligan a tirar la cabeza muy atrás si se busca mirar el cielo.
Pero claro que no son desproporcionadas, están en la justa proporción: la de un país que contiene a una cuarta parte de la población mundial. Autopistas para transeúntes, veredas anchísimas, avenidas que destierran para siempre a nuestra 9 de Julio del Libro de los Récords, trenes que trasladan personas a más de 430 kilómetros por hora, y toda suerte de medios de locomoción. En las ciudades chinas nadie se choca, ni se está “uno arriba de otro” -como nuestro sentido común nos llevaría a pensar-. Todo ha sido planificado. Mucho tiempo atrás.
Lanzhou Alguien observó que los milagros nunca han existido en el presente, sino que parecieran pertenecer a la jurisdicción del pasado. Algo parecido sentimos quienes recorremos China: todo lo que podemos observar es maravilloso, milagroso (la palabra milagro significa “digno de ver”), pero todo, todo, es obra del pasado. Lo que vemos nos deslumbra, pero, como la luz de las estrellas, sabemos que cuando llega a nosotros brilla con una luz cuyo fulgor se originó mucho tiempo atrás. Aún lo que podríamos catalogar de “moderno”. Porque lo nuevo, tiene tal grado de desarrollo, diseño o tamaño que uno, al detenerse a mirarlo, no puede abstraerse de su pasado: su planificación, su ejecución. ¿Quién no quisiera viajar en el tiempo y presenciar el nacimiento de una obra gigantesca, el acontecer de un milagro? Nosotros pudimos hacerlo cuando viajamos a Lanzhou. Queríamos conocer la China profunda. Y la China profunda siempre es… rumbo Oeste. En esa dirección caminó Lao Tsé al alcanzar la iluminación, y todos los sabios taoístas que le siguieron. En aquellos lares las fronteras del imperio se desdibujaron, y la vida sedentaria y civilizatoria de los chinos perdió terreno frente a lo nómade y salvaje. Viajábamos en bus, hacia Occidente, por caminos polvorientos de un territorio desértico. Y de repente asistimos a la gestación del futuro. En el medio de la nada… una ciudad fantasma. Rascacielos y más rascacielos en completo silencio, deshabitados, oscuros, sin vida. No habían sido abandonados por alguna catástrofe nuclear, como Chernobyl. Tampoco se trataba de un proyecto fallido de la época maoísta, un especie de Las Vegas que no llegó a concretarse y que, perdida en el medio del desierto, finalmente se abandonó a su suerte. No. Se trataba en realidad de una ciudad “a estrenar”. No un edificio, no un complejo, sino una ciudad entera, moderna, “llave en mano”. Las grúas, multiplicadas por cientos, eran lo único que se movía, completando las labores, ultimando detalles. Pronto el gobierno ordenaría a una población entera su traslado a esta ciudad, y todo se llenaría de vida y sería el asombro y admiración de los turistas, que mirarían ese presente, tan bien planificado, y no podrían abstraerse de su pasado, ese que nosotros estábamos presenciando.
Dengfeng El budismo tardó en arraigarse en China. Y con razón. Primeramente, se trataba de una creencia foránea. Los chinos, a cuyo país habían bautizado con el nombre de “País del Centro [del Mundo]”, como cabría imaginar no solían admirar lo ajeno, y menos que menos si se trataba de todo un sistema de pensamiento. Los monjes budistas indios vivían de la limosna, y los prácticos chinos despreciaban la caridad (“el que no trabaja, no come”, era un lema conocido). Pero más importante aún que todo lo anterior: para buscar la budeidad, uno debía abstraerse de la familia, de lo precedente, y ser “su propia guía”, algo que iba de bruces con la idiosincrasia china, que de Confucio a esta parte, honraba y buscaba imitar el pasado como forma de perpetuarse. Pero contra todo pronóstico, el budismo logró arraigarse en China. ¿Cuál fue el secreto de su éxito? Una solución superadora a esta existencia, basada en la observancia de la realidad y la práctica meditativa. Y así, una vez que conquistó al pueblo chino, éste lo abrazó para siempre. Claro que también lo acomodó a su modo de vida. Y cuando hablamos de “pueblo chino” el singular es engañoso, porque en China no hay pobreza de formas sino una gran pluralidad. El triunfo del budismo implicó entonces transformarse en un sinnúmero de formas, prácticas y creencias. Muchas de ellas disímiles o directamente contrapuestas. Las artes marciales orientales, por ejemplo, fueron una de las formas que adoptó el budismo en China y que luego tomó su propio camino separándose de la religión. El lugar comúnmente ligado a esta creación es el monasterio Shaolin, en Dengfeng, provincia de Henan. Hacia allá nos dirigimos. El paisaje en el que estaba asentado el monasterio era de ensueños. La bruma natural lo volvía aún más onírico. Caminar por el bosque de pagodas (tumbas-relicarios), bajo ese entorno, predisponía a la contemplación. Lo que vendría ahora, el templo, los monjes realizando increíbles destrezas, sería maravilloso. Al menos eso esperábamos.
Sin embargo, la demostración de artes marciales fue un show demasiado artificial, con juego de luces, solicitudes de aplausos y merchandising en el hall de entrada. La belleza estética de los bailes, parecía carecer de enseñanzas profundas, aquellas que deberían ser sus orígenes. Ello me hizo pensar que, muchas veces, el trabajo con el cuerpo, tan necesario para la práctica meditativa, se vuelve un fin en sí mismo, y entonces pierde hondura (¡y pierde sentido!). Algo parecido sucede en Occidente con el yoga. Pero seguí observando y me encontré con un elemento sorprendente: un manejo energético increíble, que le permitía a los monjes explotar globos a la distancia sin tocarlos. Los chinos creen en el chi, la energía del mundo. El chi que puede ser canalizado y utilizado en nuestro provecho. Existen artes marciales basadas en este concepto, como el chi kung y también un conocido sistema de geomancia, el feng shui. Los monjes budistas chinos no son ajenos a este conocimiento, y allí, en medio del espectáculo, nos lo demostraron. A la salida del complejo, encontré un teléfono público con la figura de Buda encima. Me apuré a levantar el tubo y solicité hablar con Él, para hacerle una consulta trascendental. Me dijeron que estaba meditando.
Louyang No tardamos mucho en terminar de enamorarnos del budismo. Fue en Louyang. Visitamos el Templo del Caballo Blanco (llamado así pues se cree, que fue montado sobre un caballo blanco que el primer monje indio llegó a China cargado de manuscritos pertenecientes al canon budista). El monasterio era bellísimo, sumamente colorido, erigido en un terreno elevado al cual se iba ascendiendo, atravesando pabellones y patios internos, haciéndose cada vez más sagrado el espacio, y más antiguas las figuras búdicas y las edificaciones (en China lo antiguo, lo pasado, es sagrado. Lo nuevo, en cambio, carece de hondura y de espiritualidad). La belleza del complejo era indiscutible. Pero en nuestro viaje habíamos ido de maravilla en maravilla, y nuestros ojos comenzaban a acostumbrarse a tamañas construcciones, al colorido de sus techos, a la estatuaria budista, a las figuras mitológicas.
Algo nuevo, sin embargo, nos llamó enseguida la atención. Era la gente. Los creyentes. Llegaban de a montones. Con sus familias. Concentrados pero de una manera distendida, sin una carga de pesar en sus rostros (esa que uno suele ver en las iglesias cristianas). Traían incienso. Varitas multiplicadas por tres (el número sagrado), que prendían mientras esbozaban sus peticiones en las cuatro direcciones cardinales. Los vimos rezar. Los vimos agradecer. Los vimos acariciar las figuras mitológicas aspirando a ser sanos y longevos. Los vimos hacer genuflexiones ante los Budas gigantescos.
Se suele decir que los chinos son los asiáticos menos creyentes. Que su natural pragmatismo los vuelve materialistas. Que su reciente historia comunista terminó diezmando la limitada religiosidad del pueblo. Nosotros vimos otra cosa en Louyang. Un budismo vivo. Ferviente. Admirable. Ceremonial. Relajado. Profundo. Alegre. Tal como demostraron ser también los chinos, a lo largo de todo el país.
Linxia El Islam, hoy en día con tan mala prensa, ha sido una de las civilizaciones más pujantes y creativas de la historia del hombre. Lo que Occidente le debe, en un sinfín de campos, es invaluable. ¡Cuánto más pobre sería nuestro saber, sin la herencia del mundo musulmán en materia de filosofía, matemáticas, técnica, astrología, física, geología, botánica y medicina! También varios de los inventos chinos llegaron a nosotros a través del pueblo de Alá. La brújula y el papel, para dar dos ejemplos que revolucionaron nuestro mundo. Desde los inicios de su religión, los musulmanes ingresaron desde el Oeste a China. Primeramente a través de la conocida Ruta de la Seda. Y luego, cuando ésta se vio interrumpida por la conquista mongola (antes que los mongoles se convirtieran al Islam), por la Ruta de la Seda marítima. En toda China se encuentran musulmanes (el último censo arrojó una cifra aproximada de 20 millones de chinos musulmanes), pero fue en la ciudad de Linxia, en la provincia de Gansu, cuando pudimos interactuar con el pueblo Hui (una de las 56 etnias de China), el cual profesa el Islam, y visitar algunas de sus numerosas mezquitas. No estaban acostumbrados a ver occidentales, de modo que nuestra presencia causó cierto revuelo. Pronto nos vimos rodeados de hombres, mujeres y niños, que sonreían de manera tímida pero no podían evitar su curiosidad. Los hombres llevaban taqiyah (el sombrero musulmán), y las mujeres cubrían sus cabezas con un pañuelo. La etnia Hui es descendiente de los viajeros de la Ruta de la Seda; de hecho, la etimología del término hui, proviene del término uyghur, el nombre de uno de los antiguos pueblos nómades del norte de China, y cuyo significado sería “extranjero” (desde el punto de vista de los chinos). Muchos de ellos se apellidan con la sílaba Ma, que significa “caballo”, lo que sigue revelando también sus orígenes nomádicos.
Los musulmanes chinos son menos ortodoxos que sus pares de la península arábiga. No obstante ello, es interesante que hayan encontrado en las doctrinas confucianas, muchos puntos en común con sus tradiciones. Así, por ejemplo, la mujer tiene un lugar relegado respecto del hombre, y ello se basa tanto en las costumbres musulmanas como en la estructura social ideada por Confucio. Claro que las coincidencias no son perfectas. La carne de cerdo, por lejos la más popular en toda China, se haya prohibida por las reglas alimentarias del Islam, de modo que la población hui debe sustituirla de otras fuentes. Entre los curiosos se sumó un doctor, que conocía algo de inglés (todo un hallazgo en estas regiones). Por su intermedio un lugareño nos invitó a conocer su hogar. Una casa pequeña, construida en dos plantas y con una habitación adornada con una foto enmarcada de La Meca. En dirección a ese cuadro se inclina toda la familia para cumplir con los 5 rezos diarios que estipula la religión del Profeta. Y así, muy lejos del mundo semita, en donde árabes e israelíes siguen disputando por medio de guerras su lugar en el mundo, muy lejos de los ataques mediáticos estadounidenses sobre aquellos que profesan el Islam, nos despedimos de estos pacíficos y hospitalarios creyentes, para perdernos sin prisa por las callejuelas circulares de la ciudad de Linxia, saboreando los pastelitos fritos con los cuales nos habían convidado. Disfrutando del momento, antes de partir hacia nuevas aventuras.
Más información sobre el viaje “China. Un viaje milenario” en: Exprinter Viajes Av. R. Sáenz Peña 615, 7º 710 (C1035AAB) Buenos Aires, Argentina (54 11) 4393-4160 Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla www.exprinterviajes.com.ar
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